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Acuerdos de La Habana nunca serán parte de institucionalidad colombiana

Los esfuerzos del presidente Santos por mantener a los terroristas en la llamada mesa de negociación de La Habana serán inútiles. Los papeles que están redactando entre ellos no serán más que eso, papeles, borradores, retórica, frases y gesticulaciones vacías. Nunca tendrán valor vinculante alguno. Nunca tendrán valor jurídico, ni moral, ni político.

 

Nunca esos pactos realizados a espaldas de todo el mundo harán parte de la vida republicana colombiana. No serán aceptados, ni acatados, ni serán asimilados por nuestra imaginación, ni por nuestra psicología, pues Colombia siempre fue un país que respetó el derecho que emana de deliberaciones y de instancias claras y transparentes. El derecho espurio que Santos y Timochenko tratan de inventar en unas oficinas bunkerizadas de Cuba no descansará sobre un sócalo de libertades y de garantías democráticas. Será, por el contrario, una incitación permanente a la guerra civil.

 

No es así como se construyen las instituciones colombianas: en el secreto de unas charlas con criminales redomados que jamás creyeron que habían violado las leyes del Estado y del derecho internacional. Y que proclaman con gran cinismo que nunca entregarán las armas y que jamás pagarán por lo que hicieron. Así no se construye el país, y no se construirá jamás. Nuestras instituciones fueron el resultado de consultas entre guerreros y militares civilistas y civiles combatientes, primero, y luego entre políticos, juristas, académicos, religiosos y diplomáticos, unos federalistas, otros centralistas, unos conservadores y otros liberales, todos hombres y mujeres libres, muchos elegidos por el pueblo, actores legítimos, amantes de la gloria nacional, como decía Rafael Núñez,  que pensaban, por encima de sus diferencias de ocasión, en el bien común, en la libertad real de los ciudadanos y en la prosperidad de todos.

 

Que Santos lea al menos lo que Rafael Núñez escribió en 1883, con inmensa clarividencia. Estas palabras no han perdido actualidad y cobran, por el contrario, un valor inmenso hoy: parecen redactadas por el gran actor de la Regeneración para que los colombianos de hoy seamos lúcidos, salgamos adelante y no nos dejemos embaucar por las falsas utopías  de Santos y Timochenko: “La República genuina no es la que consiste en el privilegio de unos –muy pocos por cierto—que aspiran a ser colonizadores, o amos, y a convertir al mayor número en explotados o siervos de la gleba. Nuestra República es la que proclamaron los próceres y sellaron con su generosa sangre.”

 

Los que se encerraron en la isla prisión para escapar a la justicia y para diseñar una “Colombia nueva” sin justicia y sin democracia, para montar un tinglado con apariencia de Estado que les sirva únicamente para escapar a la ley y para preservar sus sangrientos negocios, gente que nunca fue elegida por nadie, no son de la misma estirpe.  El “nuevo país” que algunos proponen y hasta exigen utilizando morteros, fusiles, bombas, minas y estupefacientes, creyendo que dentro de la palabra “nuevo” está encerrada, agazapada en la sombra, la palabra “socialismo”, no construirán nada. Los que dedicaron su vida a arrebatársela a otros, por ideología y por resentimiento, no harán avanzar a Colombia, como no la hicieron avanzar durante los 50 años pasados.

 

Santos podrá firmarles los papeles que ellos quieran, pero ese gesto no será constructor de Estado, ni de democracia, ni de concordia nacional.

 

@eduardomackenz1