Álvaro Uribe Vélez para jóvenes y desmemoriados (I)

Luis Guillermo Vélez Álvarez

Economista

Introducción

He escrito esto pensando en mis hijos y en algunos jóvenes que me regalan de forma tan generosa como incomprensible el don de su amistad. Pienso también en muchos otros jóvenes a quienes se les ha trasmitido una visión del País y de la figura del Presidente Uribe completamente distorsionadas. Las ideas que se tienen sobre la historia inciden decisivamente en las posiciones políticas de las personas. Por eso es necesario que los defensores de la libertad y la democracia demos también la batalla en el terreno de la historia.

Aunque motivado por la gratitud, la admiración y el afecto, mi alegato se apoya en hechos y datos incontrovertibles. A los políticos se les juzga por las cosas que hacen y también por las que dejan de hacer cuando han debido hacerlas. A la gente le gusta para evaluar los gobiernos contando las casitas construidas, los subsidios pagados o los acueductos rurales inaugurados. En los gobiernos de Uribe, como en los de cualquier otro, se hicieron esas cosas. Pero, Uribe es un gran estadista porque hizo lo que tenía que hacer en el momento en que debía hacerse: enfrentar con decisión el desafío de las Farc contra las instituciones democráticas.

Según el Censo de 2018 el 26,1% de la población está conformado por jóvenes entre 14 y 28 años. Los jóvenes entre 18 y 26 con acceso a la educación superior, representan, según ese mismo Censo, el 16% de la población, cifra inimaginable hace solo una generación. Las personas con más de 60 años, entre las cuales me encuentro, somos el 22,6%.

Buena parte de esos jóvenes no habían aún nacido en 2002 o tenían a lo sumo once años. Los mayores tenemos un recuerdo vivencial del estado del País en ese año. Habíamos vivido el fracasado proceso de paz del gobierno de Andrés Pastrana, cuando la guerrilla respondió a la generosidad de ese presidente con atentados terroristas, secuestros y asesinatos. Vivimos bajo el gobierno de Ernesto Samper Pizano, que nos reveló el grado extremo en que los narcotraficantes habían corrompido la política y las instituciones del estado. Nos ilusionamos con la constituyente, bajo el gobierno de Cesar Gaviria, después de haber padecido, en el de Barco, el terror desencadenado por las mafias del narcotráfico contra la Nación entera. Recordamos también el gobierno de Belisario Betancur atenazado por el terrorismo de la guerrilla y el narcotráfico cuya alianza ominosa condujo a la toma del Palacio de Justicia.

A los jóvenes todas esas cosas pueden resultarles tan remotas como la caída del Imperio Romano. Esos jóvenes han vivido, y sus recuerdos se limitan a ello, una época de relativa paz, estabilidad y crecimiento que les permitió a sus mayores progresar y darles los beneficios de los que han disfrutado. Esa época se inició en 2002, con el primer gobierno de Álvaro Uribe Vélez, que cambió el destino de la Nación, como lo reconociera incluso Juan Manuel Santos, antes de convertirse en su peor enemigo. También Sergio Fajardo, otro de sus grandes enemigos gratuitos, expresó su admiración por Uribe cuando este era Gobernador de Antioquia. Y así muchos otros cuya lista ocuparía todo un directorio telefónico. Las ambiciones políticas llevan con mucha frecuencia a la ingratitud.

Este escrito está dirigido a los jóvenes de Colombia con el propósito de recordarles o hacerles conocer ciertos hechos fundamentales de nuestra historia para contribuir a que tengan elementos de juicio para una valoración justa del Presidente Uribe, su obra de gobierno y su significado histórico. Como este texto está dirigido especialmente a mis hijos, contrariamente a lo que es mi costumbre, mencionaré cosas de mi vida personal, en lo que se relaciona con el asunto, pues creo que pueden contribuir a una mejor comprensión de las estadísticas y datos que también suministraré. Invito a otras personas mayores a que hagan lo propio con sus hijos y sus nietos, a que les cuenten esas cosas tan terribles que vivimos para evitar que caigan en el olvido o sean presa de la tergiversación.

Para facilitar su lectura, he dividido el escrito en cinco partes que publicaré de forma separada.

En la primera me ocupo de los años del Frente Nacional (FN). Esto es importante porque la visión que se ha logrado transmitir de este período es completamente falseada y corresponde a los años cuyos acontecimientos incidirán decisivamente en la formación de las ideas políticas de Uribe.

La segunda parte abarca el período comprendido entre el final del FN y el gobierno de Andrés Pastrana. Esos son los años del desarrollo del fenómeno del narcotráfico que marcaría trágicamente nuestra historia y también los del surgimiento de Uribe como político activo y de la formación de su personalidad política.

Más adelante, en la tercera parte, describiré la situación del País a finales del siglo pasado y principios del actual. Estado fallido era la expresión utilizada en los medios internacionales para referirse a Colombia. Mostraré lo que Uribe encontró en 2002: una economía colapsada y unas Farc fortalecidas que, con cerca de 40.000 hombres en armas, habían pasado de la guerra de guerrillas a la guerra de posiciones, con amenazantes cercos sobre Medellín, Cali y Bogotá.

En la cuarta parte me ocupo de los dos gobiernos de Uribe, mostrando la forma coherente como desarrolló su visión de la economía y la sociedad, plasmada en el programa de los cien puntos que lo llevó a la presidencia en 2002. Explicaré los alcances profundos de las nociones de seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social en las cuales sintetizó su mensaje para transmitirlo a las masas.

En la quinta parte voy a referirme a los dos gobiernos de Santos y a su proceso de La Habana y a la situación actual del País, cuya gravedad es aún incomprendida por el empresariado, los dirigentes políticos de centro y derecha y vastos sectores de la población. Evidentemente trataré de lo que han sido las batallas de Uribe y de los esfuerzos de la izquierda por apartarlo de la actividad política.

Antecedentes: El Frente Nacional

Nací en 1954, Uribe es del 52. Eso significa que la mayor parte de mi niñez y de mi juventud transcurrió bajo los gobiernos del FN, cuya vida institucional comenzó en 1958, con el gobierno de Alberto Lleras Camargo, y concluyó en 1974, con el fin del de Misael Pastrana Borrero.

Mis padres, especialmente mi papá, eran profundamente frente-nacionalistas, porque ese arreglo había permitido poner fin a lo que ellos llamaban la “Violencia”. Esa violencia era para mí algo extremadamente remoto de lo que solo cobraría conciencia cuando leí el conocido libro de Guzmán Campos, Fals Borda y Umaña Luna. Después leí otro libro, el de Paul Oquist, que me hizo entender que el anterior era sesgado, impreciso y con una base empírica extremadamente mediocre. Pero eso es otra historia.

El FN, muchos jóvenes quizás lo ignoran, fue un acuerdo entre los partidos liberal y conservador, que por esa época recogían la adhesión de la mayoría de los colombianos, para alternarse en el gobierno durante cuatro períodos presidenciales, distribuyéndose igualitariamente los cargos públicos.

Hace unos años, siendo profesor de la Universidad EAFIT, explicaba en una clase de historia económica de Colombia el Frente Nacional y lo acontecido en la economía y la sociedad durante su vigencia. Una alumna de intercambio, una joven china, me preguntó por qué lo habíamos abandonado si daba tan buenos resultados. Me quedé perplejo, contesté cualquier cosa para salir del paso y luego medité en el asunto.

El del Frente Nacional fue, en efecto, un buen período en la historia del País, pero los jóvenes de ese entonces no nos dábamos cuenta y muchos adultos de hoy, incluso historiadores, tampoco parecen haberse dado por enterados.

En esos años, la economía crecía relativamente bien y la tasa de natalidad declinaba, como consecuencia de las políticas de control natal iniciadas con la fundación de Profamilia. Esto se tradujo en un notable aumento del PIB per cápita, variable que mide la creación de riqueza de un país. El promedio aritmético de las tasas anuales de crecimiento registradas entre 1961 y 1974, período que abarca 14 de los 16 años del Frente Nacional, fue de 2,7%. Nunca posteriormente, hasta los 8 años que Uribe estuvo en la presidencia, cuando fue 3,2%, se volvería a registrar una cifra semejante.

La gráfica 1 muestra las cifras correspondientes a los años del Frente Nacional y a los períodos de los presidentes que se sucedieron desde entonces.

Gráfica 1

Para entender la significación de la tasa de crecimiento anual del PIB per cápita basta con decir que con un crecimiento de 3,2 % ese PIB per cápita se duplica en 23 años. Si el crecimiento es 2,5% la duplicación se produce al cabo de 29 años. Con el escuálido 1% del período de Samper se necesitan 71 años para duplicarlo. Al 4,1%, que fue el crecimiento del período de Pastrana Borrero, se duplica en poco más de 18 años.

Las economías pequeñas y poco diversificadas, como lo es aún la colombiana, están muy sometidas en su dinamismo a lo que ocurra en la economía mundial, en especial, en la de los países con los que mantienen relaciones comerciales y financieras. Pero eso no significa que sus gobiernos no tengan nada que hacer al respecto. Las buenas políticas macroeconómicas y sociales permiten aprovechar mejor las expansiones de la economía mundial y resistir con mejor fortuna el impacto de las recesiones. Con diferencias significativas en su orientación, los cuatro gobiernos del Frente Nacional hicieron bien su trabajo.

Alberto Lleras Camargo, el primero de ellos, era un intelectual de centro de derecha que entendía muy bien la importancia de las relaciones con los Estados Unidos. Sin embargo, como la mayor parte de los políticos de su época, sino la totalidad, estaba imbuido por el ideario proteccionista y agrarista de la CEPAL, y se inclinó por el Plan Decenal propuesto para el País por esa organización dejando de lado las propuestas liberales del programa llamado “Operación Colombia”, formuladas por el equipo del Banco Mundial que lideraba Lauchin Currie. Lleras Camargo metió al País en el reformismo agrario que idealizaba la pequeña propiedad y reforzó el proteccionismo industrial que se enseñoreaba por toda América Latina bajo el impulso de la CEPAL.

Una de las más importantes contribuciones de Alberto Lleras Camargo fue su apoyo a la Asociación Pro Bienestar de la Familia Colombiana (PROFAMILIA), fundada por el doctor Fernando Tamayo Ogliastri (PROFAMILIA) en 1965. Voy a detenerme un poco en este asunto para que se entienda lo que son las acciones realmente fundamentales para la sociedad. Voy a decirlo sin ambages: probablemente PROFAMILIA ha hecho más por el bienestar de los colombianos que todos los gobiernos que se han sucedido desde su fundación.

La tasa de crecimiento poblacional sale de la diferencia entre la tasa de natalidad y la tasa de mortalidad. Los países pobres tienen elevadas de natalidad y mortalidad lo que hace que su crecimiento demográfico sea bajo. Este fue el caso de Colombia en el siglo diez y nueve, durante el cual la población pasó de unos dos millones de habitantes, en la época de la independencia, a unos cinco a principios del veinte. En el siglo XX la población colombiana prácticamente se multiplicó por 10.

Cuando un país empieza su proceso de desarrollo económico – lo que en economía significa aumento continuo y persistente del producto por habitante – lo primero que declina es la tasa de mortalidad, por las mejoras en el acceso al agua potable, al alcantarillado y una mejor disposición de los residuos. Más adelante viene la vacunación que también ayuda mucho.

Como la tasa de natalidad no cae tan rápidamente como la de mortalidad, el crecimiento de la población se acelera lo que da lugar el fenómeno conocido como explosión demográfica. La explosión demográfica se inicia en Colombia en los años 20 del siglo pasado y se acelera a los 50.

Es bueno echar una mirada a la gráfica 2 donde se muestra la evolución de la población colombiana desde los inicios de nuestra vida republicana. El primer censo de nuestra historia se hace en 1827, cuando todavía estábamos unidos a Venezuela y Ecuador en la Gran Colombia. Entre ese censo y el de 1905, el primero del siglo XX, la población pasa de 1,3 a 4,5 millones. En los 78 años de ese período la población crece a una tasa compuesta anual de 1,6%. El cuadro 1 muestra las tasas respectivas de los períodos intercensales del siglo XIX. Esas tasas y la simple observación de la gráfica 2 muestran el lento crecimiento de la población en la economía agrícola que era la colombiana en el siglo XIX.

Gráfica 2

El primer censo del siglo XX, como ya se dijo, se hizo en 1905. Entre ese año y 1951, el crecimiento de la población se acelera alcanzando una tasa compuesta anual de 2%. De 1951 en adelante la explosión demográfica se intensifica alcanzando su máximo entre dicho año y 1964, período en el cual la tasa compuesta anual llegó a 3,5%. En los períodos siguientes la dinámica poblacional disminuye tendencialmente hasta llegar a la tasa del 1,2% del período intercensal 2005-2018.

El efecto de la disminución del crecimiento de la población es prodigioso. Con el aumento de producto por habitante crece la capacidad de ahorro e inversión lo que hace crecer aún más la economía. La disminución del tamaño de las familias aumenta la acumulación de capital humano y capital físico. Las familias pequeñas pueden educar mejor a los hijos y las herencias materiales, al distribuirse en un menor número de descendientes, mejoran las condiciones originales de acumulación de cada uno de ellos. Ya es más probable que un joven inicie su propia vida productiva dotado de un patrimonio – por ejemplo, una vivienda – lo cual le permite destinar sus ahorros a la acumulación de capital productivo. Para ello es necesario un marco institucional que proteja la propiedad privada y sea propicio a su transmisión intergeneracional. El amor a los hijos es el más fuerte incentivo al ahorro y la acumulación de capital.

Cuadro 1

Todavía siento vergüenza de haber participado en manifestaciones en las que se gritaba “Pastrana, asesino, asesino, Pastrana”, zahiriendo a Misael Pastrana Borrero, uno de los políticos más bondadosos y de mayor conciencia social y ambiental que haya pasado por la Presidencia de la República. Seguramente muchos no saben que el Decreto-Ley 2811 de 1974 o Código Nacional de Recursos Naturales Renovables y de Protección al Medio Ambiente, expedido en desarrollo de la ley 23 de 1973, es obra de su gobierno y que él intervino directamente en su redacción. Todo esto antes de la Cumbre de Rio y los cuentos del cambio climático. Seguramente también ignoran que el gobierno de Pastrana Borrero creo el sistema UPAC que permitió el acceso a la vivienda de millones de colombianos de clases media y baja. Y seguramente tampoco saben que ese gobierno, individualmente considerado, fue el más exitosos en el siglo XX en crecimiento económico como quiera que en los cuatro años de su mandato el PIB per cápita creció a una tasa promedio anual de 4,1%.

También el del FN fue un período de relativa tranquilidad. El objetivo de reducir la violencia se alcanzó, como lo muestra la caída de la tasa de homicidios que, de un pico de más de cincuenta homicidios por 100.000 habitantes, en 1957, pasó a 19, en 1969, y se mantuvo alrededor de 20 hasta el final del FN, nivel que nunca más hemos podido alcanzar de nuevo. Después se elevaría dramáticamente como consecuencia, principalmente, de la violencia del narcotráfico y la guerrilla. La gráfica 3, con datos del Banco Mundial, muestra la evolución de la tasa de homicidios desde 1964 hasta 2017.

Gráfica 3

Esta sociedad pobre pero que progresaba, que trataba de salir del atraso, que quería vivir en paz, se verá pronto sometida al ataque de las guerrillas asociadas a las diferentes vertientes del comunismo internacional, en el marco de la llamada guerra fría. Primero fueron las FARC, que aparecen en 1964, vinculadas al comunismo línea soviética; ese mismo año surge el ELN, financiado por los comunistas de Cuba; después, en 1967, el EPL, del ala maoísta del comunismo; en fin, el M-19, una extraña mezcla de comunistas criollos, hace su aparición en 1970.

Las Farc nacieron de un grupo guerrillero residual vinculado al Partido Comunista que se mantuvo en armas después de que bajo el gobierno de Rojas Pinilla y en los primeros años del Frente Nacional se desmovilizaron la mayoría de las agrupaciones que había participado en la Violencia de los años 50. Se refugiaron en algunas zonas de difícil acceso – a las que dieron el nombre de repúblicas independientes: Marquetalia, El Pato, Riochiquito, Guayabero – donde sometieron a la población a sus designios y desde donde lanzaban ataques a gentes de otras regiones. Las repúblicas independientes no eran oasis de felicidad de comunismo agrario igualitario, eran el refugio de criminales que desde allí hostigaban a la población en completa impunidad. En 1964, el gobierno de Guillermo León Valencia acabó con esos santuarios y de allí salió la guerrilla móvil que tomó el nombre de Farc.

Todos estos insurgentes buscarán tener respaldo entre los intelectuales y los jóvenes. Tenían agentes que actuaban en la legalidad sin ser molestados, publicando periódicos y revistas – Voz Proletaria, Tribuna Roja, El Manifiesto, Alternativa, etc.- que atacaban con virulencia a las instituciones y zaherían a los gobernantes sin jamás ser censurados. Los comunistas en la legalidad participaban en las elecciones con sus propios candidatos o aliados con sectores de izquierda del Partido Liberal. Todos esos grupos se lanzaron a conquistar la juventud universitaria para reclutar combatientes y sembrar la agitación que favorecía sus actividades delictivas. Esa toma de la universidad fue muy exitosa y aún estamos pagando las consecuencias. La visión que uno tiene del mundo se forja antes de los treinta y muchos de los profesionales de todas las áreas que llegaron a puestos de dirección a finales del siglo pasado adquirieron los elementos miliares de sus ideas políticas y económicas bajo la influencia de la izquierda en las universidades de la época.

Ingresé a la Facultad de Economía de la Universidad de Antioquia en 1972. El movimiento estudiantil estaba completamente dominado por la izquierda cuyos diversos grupos se disputaban la hegemonía. El más exitoso era el MOIR, cuyo líder, Amílcar Acosta, sería más tarde un destacado dirigente del Partido Liberal. El otro gran líder era Marcelo Torres, de la Universidad Nacional. También el senador Jorge Robledo se formó políticamente en esa época.

Los métodos del MOIR y los demás grupos eran absolutamente totalitarios. Las votaciones estudiantiles organizadas con urnas y votos individuales habían sido sustituidas por votaciones a mano alzada en caóticas asambleas generales en las que no podía hablar nadie que no fuera de izquierda. El valiente que lo intentaba se veía sometido a una espantosa tanda de chiflidos y gritería que ahogaba sus palabras.

Recuerdo varios de esos valientes: Javier Aristizabal, el papá de Catalina, la actriz y presentadora, quien defendía una perspectiva cristiana; Fabio Valencia Cossío, que osaba hablar a nombre del Partido Conservador y, el más notorio de ellos, Álvaro Uribe Vélez, que proclamaba sin ambages su filiación liberal. Pero la mayoría de los estudiantes vivían atemorizados o apoyaban, sobre todo los primíparos, las supuestas reivindicaciones de igualdad y justicia social que, en su ignorancia, creían encarnaban los grupos de izquierda.

La toma de la universidad por la izquierda se produjo también entre los docentes, especialmente en las facultades de Sociología y Ciencias y Humanidades donde un gran número de profesores se convirtieron en propagandistas y difusores del marxismo en sus formas más vulgares. Como por la Facultad de Ciencias y Humanidades debían pasar los alumnos de todas las carreras, creo que fueron miles los estudiantes que quedaron impregnados de esa ideología que se leía en los textos de Marta Harnecker, una periodista chilena que se preciaba de ser alumna de Althusser; Leo Huberman, un socialista de Estados Unidos, y Nicos Poulantzas, un sociólogo griego. También estaba, por supuesto, Eduardo Galeano con su “Venas abiertas”.

Uribe leyó todo eso y yo también. Agradezco haber estudiado y aprendido economía lo que me liberó de la tremenda indigestión intelectual que provocaban esos mediocres publicistas y, más aún, de la provocada por los más mediocres difusores de sus pensamientos que dominaban en los cursos introductorios de economía y sociología de buena parte de las universidades del País.

Tengo amigos y parientes, profesionales de otras disciplinas, muy competentes en su propio campo, que muestran en temas económicos y sociales una desconcertante ignorancia escondida tras los lugares comunes de la “explotación de los pobres” y la “justicia social” que les metieron en la cabeza en su juventud. Me asombra, al ver la solidez de su situación económica, que no alcancen a entender que su trabajo duro y honrado pudo dar esos frutos por la protección y las facilidades que les brindaron las instituciones económicas y sociales que les parecen tan despreciables. Definitivamente enseñar mal es criminal.

Los edificios donde funcionaban las facultades de Derecho y Economía quedaban uno al lado del otro. Las asambleas de facultad se realizaban en un amplio pasillo del segundo piso donde estaban las aulas de clase. A mí me gustaba asistir a las asambleas de Derecho pues había espléndidos oradores, entre ellos, por supuesto Álvaro Uribe. Aunque en ese tiempo, sobre todo en mis semestres de primíparo ardiente, sus ideas me parecían “reaccionarias”, me impresionaba la claridad y el valor con el que las exponía en un ambiente claramente hostil dominado por los grupos de izquierda radical.

Uribe es un par de años mayor que yo. Terminó su carrera y se fue de la Universidad. Yo continué mis estudios, me vinculé a la Facultad de Economía como profesor, hice un doctorado y empecé una vida académica para la cual me creía destinado. A Uribe no volví a verlo hasta muchos años después. No crucé una sola palabra con él durante los años que compartimos en la Universidad. En ese entonces me impresionó y me sigue impresionado ahora la forma como se agiganta su pequeña figura al ritmo de su oratoria clara, enfática, contundente.

Uribe, como los demás jóvenes, no fue insensible al predicamento de la izquierda sobre la justicia social. Pero al mismo tiempo, por haberlas padecido, despreciaba las prácticas totalitarias de esa misma izquierda que dominaba en la universidad colombiana, como al parecer ocurre ahora. Creo que entonces se forjan en la mente de Uribe dos elementos fundamentales de su visión: su interés por la suerte de la gente más pobre y su rechazo a la coacción violenta como forma de hacer política.

LGVA

Octubre de 2020.