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Arde París

Si en la obra de Dominique Lapierre y Larry Collins –¿Arde París?– se recuerda cómo Hitler, encolerizado, juraba no dejar de esta urbe “más que un campo de ruinas”, cosa que finalmente no logró gracias a la oportuna entrada de las fuerzas aliadas que la reconquistaron, parecería que ahora se hubiera querido reeditar esta siniestra pretensión hitleriana con los ataques terroristas del Estado Islámico.

 

Lo que sucedió el viernes en la noche en la Ciudad Luz fue macabro. El terrorismo, esa espantosa fuerza a la cual le temen todas las fuerzas de seguridad del mundo y frente a la cual se muestran impotentes hasta los más sofisticados organismos de prevención e investigación de la humanidad, irrumpió con sevicia causando cientos de víctimas en estado de indefensión. El fanatismo religioso aspira a imponer sus creencias y dogmas contra las libertades y la lógica.

 

Ya el mundo civilizado venía siendo advertido de lo que podía ocasionar el fundamentalismo islámico.

 

Hace algunos meses el politólogo Geer Wilders, miembro del parlamento holandés, dijo en una conferencia en Nueva York que existía en la humanidad un tremendo peligro que acechaba: la invasión del fanatismo islamista. Se atrevió incluso a calcular que “en muchas ciudades europeas una cuarta parte de su población era musulmana”. Narraba cómo en Amsterdam la intolerancia musulmana, invocando a Alá, “castigaba corporalmente a los gays, y a las mujeres que no eran musulmanas se les gritaba en las calles prostitutas”.

 

Francia ya venía siendo tocada por esas turbas de fanáticos. El mismo analista expresaba que en algunas ciudades “a los maestros de escuela se les recomienda no introducir autores ofensivos para los musulmanes como Voltaire, Diderot y Darwin. Y la historia del Holocausto ya no se puede enseñar porque los musulmanes se ofenden”.

 

Muchos judíos de Francia están huyendo para escapar de la peor oleada de antisemitismo jamás vista desde la segunda guerra mundial. Ese Estado Islámico agresor revive el fanatismo sanguinario a nombre de Alá. Quiere imponerlo a sangre y fuego.

 

Calcula aquel parlamentario holandés que el caballo de Troya que metieron los islamistas en Europa es gigantesco. Estima que 54 millones de musulmanes viven ahora en Europa. Contabilidad que crece a medida que entran terroristas camuflados en aquellos grupos de refugiados que emigran de naciones en donde las guerras están exterminando sus países. En su fanatismo poco agradecen a las nuevas patrias que los acogen sino que alientan la idea de exterminar los cimientos de la civilización del viejo continente.

 

Con razón profetizaba Wilders lo que podría pasar, tomando como laboratorio de experimentación a París: “En esta ciudad los musulmanes no han venido a integrarse a la sociedad, sino que aspiran a que la sociedad francesa se integre al islam”. ¿Comienzan a elaborar su estrategia de colonización europea con los actos terroristas del viernes? ¿Acaso tenía razón Churchill al calificar al Islam como la fuerza más retrógrada del mundo y el libro de Hitler, Mein Kampf, como el Corán?

 

Así que el Estado Islámico es ya una demencial realidad. Occidente está a la expectativa acerca del próximo baño de sangre. Es la nueva pesadilla para el mundo civilizado y democrático.