Cambio…

Juan Enríquez Cabot
Periódico La Reforma (México)
30 de marzo de 2009

Hará poco más de un sexenio hubiera sido completamente irresponsable viajar a Medellín, Colombia. Mucho más acompañado de mi hija. Y hubiera sido imposible estar allí en un evento con Bill Clinton. Pero vaya que ha cambiado Colombia. Y esto conlleva varias lecciones para México…

El barrio de Lleras en Medellín es como debería ser la Zona Rosa. Lugar lleno de bares y vida. Con gente atiborrando la calle hasta las altas horas sin temor de secuestros o asesinatos. La calle atrás del parque es cuna de algunos de los mejores modistos de Latinoamérica. La gente está, después de década de temor, disfrutando la vida en lo que fue una de las ciudades más violentas del planeta. Era ciudad donde gobernaba lo más sanguinario del narco.

Fue guerra a muerte con cuartel general en Medellín. Desde aquí se despachaban brigadas de sicarios, se ordenaba explotaran aviones, se mató a gran parte de la Suprema Corte, se mandó asesinar a quienes hubieran sido presidentes, se financiaron y ganaron campañas por el Senado, el Congreso y la Presidencia.

En el vapor, y junto a la alberca, de elegante hotel se ven aún los estragos. Pasa gente con obvias operaciones para sacarles balas. Un anfitrión mío casi muere cuando los cristales de su departamento, en el décimo piso, le rajaron la cara cuando voló un coche bomba. Casi no hay familia que no haya sufrido tragedia, mucha sencillamente optó por el exilio. Pero hoy esta larga y triste historia se recuerda más no se vive en Medellín. Al contrario, la ciudad empieza a atraer convenciones y reuniones mundiales. Quien lo hubiera creído…

Ahora bien, no es que toda Colombia esté en paz y que todo se haya resuelto. La semana pasada planeaban asesinar al ministro de Defensa en su finca. Hay zonas que siguen siendo muy peligrosas. Las extradiciones de macronarcos siguen. Este mes se decomisaron 5.7 toneladas de coca y pasta de coca.

Pero, a diferencia de lo que empieza a ocurrir en México, el Presidente, el gobierno, ya controla las principales ciudades del país. Y la gente sale con menos miedo de lo que lo hace en el Distrito Federal, Monterrey o Guadalajara. Ni se diga Juárez, Tijuana, o el tan perfectamente nombrado Matamoros. El presidente Uribe, y una serie de personas extraordinariamente valientes, lograron lo que nosotros queremos lograr, pacificaron el país.

Empezaron por Medellín. Mataron o encarcelaron no sólo a los capos sino a todo su aparato de apoyo. Fue una guerra por el control del país contra los narcos, sus financieros, abogados, casa-bolseros, familiares, agentes de bienes raíces, periodistas, diputados y senadores. Porque el narco era el país, era el gobierno paralelo. Y hasta que los mataron o extraditaron, no pararon.

Pero ahí no acaba la historia. A la par, a nivel local, llegó a ser alcalde de Medellín un extraño señor, Sergio Fajardo. No era policía o general, ni tenía la mano excesivamente dura. Es doctorado en matemáticas, y en medio de la violencia lanzó campaña donde hablaba de educación y educación y educación. Para sorpresa de muchos, ganó.

Y resulta que lo de la educación no sólo fue promesa de campaña. Ya como alcalde día tras día tras día visitaba escuelas, no inaugurando, no izando banderas, se pasaba horas en juntas de trabajo revisando director por director, maestro por maestro, salón por salón cómo operaba cada escuela, cómo mejorarla. Hasta que se fue esparciendo la voz, a este señor sí le interesan nuestros hijos y su futuro. Y lo empezaron a apoyar. Le permitieron entrar a los barrios más difíciles y peligrosos. Aquellos barrios que crecen sobre las empinadísimas laderas del valle de Medellín, donde no entraba un coche ni un forastero, donde se encontraban las bases de los narcos, sus fábricas, sicarios, las guerrillas y los paramilitares. Acto seguido, se amplió el metro de manera no tradicional. Tomó uno de los ejemplos más extremos de corrupción, el metro elevado, y lo volvió ejemplo de civismo. Compró las cabinas y cables que se usan para subir a quienes practican el esquí en nieve y unió el metro con las vecindades más pobres en las colinas más empinadas. Las vecindades y
laderas se abrieron. Ya no eran horas para llegar al centro sino minutos.

Fajardo enfatizó la limpieza y la dignidad. Ni una pinta, ni un rayoncito, empezó
a llenar las estaciones con bibliotecas gratuitas, computadoras e Internet. Todo impecable. Ni un chicle, ni una calcomanía. Y la gente reaccionó. Después de matar al principal capo, Pablo Escobar, y sus secuaces, no resurgió de la misma manera la violencia.

Al tratar bien a la mayoría, al darles servicios y empezar a mejorar la seguridad, bajó la violencia. Se abrieron negocios en las vecindades más pobres, se pavimentó, la gente empezó a creer en el gobierno. Pese a su mano dura y los problemas que sigue viviendo el país, Uribe todavía mantiene, después de dos desgastantes periodos como Presidente, un muy alto índice de popularidad. Pero ahora va a enfrentar algo de competencia, por parte de Fajardo y de otros que han hecho de Colombia un mejor país, pese a la guerra a muerte.

Tienen mucho de qué estar orgullosos. Recuperaron y dignificaron al país. Y este domingo, en Medellín, miles de personas en bicicletas, tranquilos navegando los 10 kilómetros de calles que se cierran para hacer ejercicio.

PD. Al hablar con cientos de personas en la semana que estuve aquí no hubo
una que no estuviera muy preocupada por lo que pasa en México. Saben lo que pudiéramos llegar a vivir. Es película que ya vieron. Pero temen que sintamos que no es lío nuestro, que es lío entre narcos, que finalmente si no nos metemos, si no lo paramos, nos van a dejar en paz. Es lo que pensaron acá. Y por eso se enraizó tan profundamente en toda la sociedad, autoridad y negocio el narco. Porque el ciudadano sentía que era lío de otro, que era chamba de otro parar este monstruo.

No fue hasta que el país llegó al borde de perder todo, donde nadie se sentía seguro, donde no hubo familia que no tocara la muerte, que reaccionó la sociedad en serio. Y lo que más me repetían en cena tras cena y reunión tras reunión fue: no dejen que llegue a esto. No se imaginan el costo que tiene no meterse a tiempo.