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Colombia contra proceso de paz

Mucho santista está saltando del barco que se hunde, porque el presidente en medio de su neurosis obsesiva ha dejado el país al garete, y solamente parece importarle su pelea con el uribismo y firmar la paz con las FARC, al precio que fuere.

 

Los gobernantes tienen obligaciones, que cuando se subordinan a conductas psicóticas, ponen en grave riesgo a los países que controlan, modifican su rumbo, y se convierten en un peligro y en una calamidad social e inexplicable, para el pueblo.

 

Estos dirigentes se rodean de camarillas aduladoras, que los reafirman en sus equivocaciones, muchas veces mortales. La historia está plagada de enfermos mentales, con particulares fijaciones sobre el Estado, embriagados de poder, que se obnubilan al punto de no admitir sino sus propias razones, aunque sea en abrumadora contradicción con sus  ciudadanos. Es una aberración estimativa, que trastoca la esencia de su cargo, gobernar para el pueblo, por gobernar contra el pueblo.

 

Es el caso del Führer, Pinochet, Franco, Stalin, Mussolini, Videla, Idi Amín, Kadafi, Noriega, Chávez y muchos otros. Enfermos del síndrome de la arrogancia.

 

Santos entra en esta lista, al insistir en la forma como quiere firmar el acuerdo con las FARC, enfrentándose al 78% del pueblo que se le opone, según la encuesta de Pulso País, que descubre, igualmente, que su imagen está por el piso, en el 24%.

 

Si Santos y sus ministros no perciben el malestar general, o viven en un país distinto al nuestro, o padecen, de manera grave, de las enfermedades mentales arriba mencionadas.

 

No por nada, Colombia le volteó la espalda a los diálogos. Se ve de bulto que el enemigo no quiere la paz, es él quien la violenta; no la firma porque no le da la gana, ni pide perdón, al contrario, cree que se lo deben. Es cínico, cruel y prepotente, y usa el proceso para seguir con sus crímenes, para fortalecerse y rearmarse. Tiene incendiada a Colombia por los cuatro costados, y su objetivo no es otro que la guerra por el poder. No la paz.

 

Santos, primero ilusionado, y después obsesionado, desocupó las arcas del país y aceptó participar en el teatrino de Cuba, con un libreto en el cual los terroristas no son terroristas y el Estado es un Estado criminal. Les ofreció curules, cargos de policías rurales, dejarles las armas, hablar su mismo lenguaje agrario; les nombró Fiscal y Presidente de la Corte, les eliminó el glifosato, etc., etc. Pero las FARC no se saciaron. Ellos están en su cuento, desde el principio.

 

Dentro de dos meses se cumplirán tres años de los diálogos, contra el país, y Humberto de la Calle dijo a Juan Gossaín  que el proceso atraviesa su peor momento. A estas alturas comienzan a darse cuenta del engaño, que desde hace casi mil días venimos denunciando.

 

Repulsa ver a la cúpula fariana bajarse de lujosos automóviles en Cuba, para hablar de paz, mientras en el país matan, depredan la naturaleza, mutilan civiles, y para remate, ponen precio a la cabeza de cada policía y cada militar, y anuncian que incrementarán sus atentados.

 

Santos les perdona todo, sigue diciendo que la paz está de un cacho, y la semana pasada anunció sin rubor que “Ya estamos en el post conflicto”. Bogotá pareció celebrarlo, iluminándose con explosivos, y el general Palomino y el ministro de defensa, salieron a advertir, que tranquilos. Que aquí no pasa nada.

 

80 oficiales de la policía se retiran, pero en el ajedrez de Santos los peones no cuentan.

 

Los grandes medios, El TiempoEl EspectadorSemanaCaracol, Julito y otros, como la vaca pedameda, que anda peda, sorda y ciega, minimizan los atentados, para hacer eco al presidente en sus lucubraciones sobre el final de la violencia; en sus bravatas de mentiras; en sus contradicciones sobre el valor del diálogo, de escuchar, siendo sordo ante el clamor de su propio pueblo. Es el dueño de la pauta.

 

Quieren que vivamos una paz de noticiero, pero la realidad se desborda, igual que la mermelada verdosa de un comercial, por entre la tinta de los diarios y la comisura de los labios de presentadores y locutores. Ya nadie cree en los periodistas. Ni siquiera los que votaron por Santos. El inventario semanal de horrores, aplastó su palabrería.

 

La cosa es así. Si un guerrillero mata a un policía o un soldado, y el acuerdo se firma mañana, el guerrillero podrá ir al congreso, u otro empleo, y posiblemente ganará su casa. Si un policía o soldado mata un guerrillero, mañana, con firma o sin firma de acuerdo, irá a la cárcel y posiblemente perderá su empleo y su casa.

 

A las FARC ya nada les preocupa. Son los grandes ganadores. En estos tres años lograron su cometido, engrosaron su ejército, y se armaron hasta los dientes, además, sin glifosato, aumentaron la coca en 44% y por carambola, sus fabulosos recursos, con los que se están adueñando, cada día, de más porción de Colombia.

 

Quien no lo crea, que se dé un paseíto por el Catatumbo, por el Caquetá, por el Putumayo, por Amazonas, por Córdoba, por la Guajira, por Guaviare, por cualquier parte del territorio nacional.

 

Ante la negativa reacción popular, salió el alacrán a picar, porque la rabia hay que desfogarla, y así lo hizo la pareja de ministras, Cecilia Álvarez y Gina Parody, hundiendo su aguijón desde las redes sociales, contra quienes consideran responsables.

 

Cecilia Álvarez, Ministra de comercio,  picó a los senadores Iván Duque del Centro democrático y a Jorge Robledo del Polo Democrático, porque le exigieron al gobierno, el cumplimiento de promesas hechas a los comerciantes informales y los San Andresitos, sobre períodos de socialización y adaptación, antes de expedir la Ley anti contrabando, que afecta a más de cuatro millones y medio de personas.

 

La ministra quiso vengarse de Iván Duque, una de las figuras jóvenes de mayor proyección en Colombia, y de Jorge Robledo, quien con su coherencia dialéctica, le abrió los ojos a la izquierda democrática, para rechazar la violencia de que hacen gala las FARC.

 

Parody fue más allá y pretendió picar a Uribe, con trinos trasnochados, para restar méritos al proceso de entrega de los paramilitares, una plaga que asoló al país y que precisamente por un proceso de desmovilización bien manejado, ya los colombianos no sufrimos de tal flagelo.

 

El proceso está en el fondo del desprestigio, pero si fuere cierto que estamos manejados por enfermos mentales, no se nos haga raro que lo resuciten, contra el sentir del país.

 

Ya el engranaje está rodando, y el matoneo y la cachetada que nos propinaron las FARC, con los últimos muertos y atentados, mostrándonos el horror de su poderío, está dando resultados. Desde diversas partes se levantan voces, incluso de sectas religiosas, pidiendo que las fuerzas armadas se desarmen, lo que es igual, en el nuevo diccionario a desescalar el conflicto y a cese bilateral. A acuartelar soldados y policías y a dejarnos inermes y en manos de las FARC.

 

Habrá acuerdo. Póngale la firma.

 

Nota al margen. No hubo candidato ocañero para la gobernación de Norte de Santander. Me inclino por William Villamizar, quien durante su mandato dignificó a la Provincia. No hay más.

 

@mariojpachecog