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¿Debate Santos-Uribe?

La polarización, consecuencia de posiciones discrepantes en el manejo del país y de gobierno, hace parte de la política. Las diferencias, cuando se van a dirimir en las urnas, no pocas veces se manifiestan con pugnacidad y apasionamiento.

 

Esto ocurre no solo en democracias maduras y solventes, sino esencialmente en sistemas políticos con poca trayectoria de civilidad y conciencia democrática. Lo importante, al fin de cuentas, es saber colocar por encima de consideraciones partidistas, las conveniencias de nación.

 

Mas la radicalización que hoy se vive en Colombia toma rumbos de aventura. Hay imputaciones que van pasando de ser consejas a convertirse en injurias y hasta en calumnias. Así penetran en las páginas del código penal. Así se malogra la confrontación ética y la esencia democrática del debate. La difamación irrumpe hoy cuando el expresidenteCésar Gaviria, según escribe su exministro Mauricio Vargas, vincula a Uribe con masacres y un contertulio gubernamental de La Habana lo sindica de “paramilitar, narco y criminal”.

 

A pesar de todos estos agravios, Uribe planteó la posibilidad de conversar con el Gobierno sobre puntos concretos como los relacionados con la justicia –para despojarla de toda impunidad– y la elección al Congreso de insurgentes responsables de delitos de lesa humanidad. Quizá creía Uribe que era cierto aquello de que “nada está acordado hasta que todo esté acordado”. El Gobierno negó discutir sobre lo ya acordado. Evidencia irrefutable de otra falacia, en la ya abundante cosecha de contradicciones de este arrogante régimen. Mandaron a Uribe a irse con su música a otra parte.

 

Al no reabrirse el debate para lograr consenso nacional alrededor de estos puntos, solo queda, dicen algunos, un debate televisado entre Santos y Uribe acerca de lo que se va a votar en el plebiscito, en concordancia con los criterios que cada uno de ellos tiene sobre el Acuerdo. Tal polémica, estiman, haría suficiente claridad sobre su contenido e implicaciones. Realizarlo, por supuesto, no como espectáculo circense sino como aporte enriquecedor a la decisión final del votante. ¿Se le prestaría con esa discusión pública un buen servicio a la democracia para formar una opinión deliberante y racional a través de esa pedagogía que condujera a votar en conciencia y consecuencia? ¿Lo aceptaría Santos conociendo sus limitaciones dialécticas y prosódicas?

 

Pero mientras más se escarba, menos viable se ve ese mano a mano. No tanto por el choque de dos temperamentos diametralmente opuestos, sino por la dificultad de conseguir un moderador imparcial, respetable y respetado, que sepa manejar la controversia con inteligencia y equilibrio. ¿Tal vez el árbitro tendría que importarse? ¿Un Felipe González,acaso? ¿Un Luis Alberto Moreno? Seguramente este deseo hará parte de las muchas utopías nacionales.

 

La discusión ideológica es necesaria. Hace parte de toda democracia. Pero el desbordamiento verbal, tanto de quienes desde el Estado hablan excátedra como desde quienes desde la oposición se sienten acorralados, puede conducir a que se apaguen incendios con gasolina. Fuego que se atiza con ese maniqueísmo atorrante que convierte a quienes discrepan del proceso en guerreristas y a quienes entran en el coro del gobierno, en pacifistas. Y así, por intoxicación verbal, crece la sobredosis de apasionamientos calumniosos.