CONMEMORACIÓN DE 200 AÑOS DE LA UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA

Compatriotas:

¡Qué hermoso bicentenario nos congrega! Dos siglos
de tarea fecunda, que verán los frutos plenos en las centurias
que habrán de venir. La semilla ha sido puesta sobre el
surco, con esmero y crecerá con el ‘influjo próvido’ de
la acrecentada continuidad del esfuerzo.

Como eslabón del interés de aquella tierra, la
misma de hoy, en 1798, el Cabildo de Medellín dijo al
Rey: “que se funden unas aulas donde educados los jóvenes
hasta ahora indisciplinados en los primeros rudimentos y elevados
a facultades mayores, lograsen con el tiempo esta República
de buenos y hábiles ciudadanos, que iluminados con las
lumbreras de las ciencias conociesen a fondo sus deberes de amor,
lealtad y fidelidad al Soberano, servicio a la Patria y aumento
de la religión”.

En aquel colegio de la Villa de Medellín, que vio la luz
en 1803, bajo la rectoría de fray Rafael de la Serna,
se instruyeron y enseñaron el padre del estudio de la
historia, secretario privado de El Libertador, don José Manuel
Restrepo. Liborio Mejía, fusilado en los albores de su
existencia por su valor de mantener la investidura Presidencial
en la lucha por la independencia. José María Córdova,
quien se convirtió en el más ilustre discípulo
de Francisco José de Caldas en la Escuela de Ingenieros
Militares. Juan del Corral, líder de la primera expresión
realmente emancipadora y, entre muchos otros, José Félix
de Restrepo, rector en el corto período independentista.

El 9 de Octubre de 1822, el Presidente Francisco de Paula Santander
y el ministro José Manuel Restrepo, dictaron el decreto
de Fundación del Colegio de Antioquia que luego, en 1871,
en la eficaz gobernación de Pedro Justo Berrío,
se convirtió definitivamente en Universidad de Antioquia.

Al Gobernador Berrío lo acompañó Manuel
Uribe Ángel, cumbre científica de la Patria. El
uno representa el pensamiento conservador y el celo por cuidar
la fe religiosa. El otro, militante del radicalismo, encarna
las tendencias librepensadoras. Coinciden en el concepto de una
universidad pública, que combine la ciencia con el impulso
de las vocaciones laborales a través de la enseñanza
de artes y oficios. Esta conciliación es el germen de
la cátedra científica y libre, de la apertura a
todas las expresiones del pensamiento, que permitió que
sus aulas albergaran a Uribe Uribe, Fidel Cano, Tulio Ospina
y Fernando Vélez, ejemplos del pluralismo doctrinario.

El recorrido ha conducido a que actualmente la Universidad, de
acuerdo con las acreditaciones recibidas, se sitúe a la
altura de las mejores del mundo. ¡Qué orgullo el
campeonato obtenido en ciencias y en la formación más
elevada de sus profesores! ¡Cómo tranquiliza constatar
que aquí se funden la investigación y la inmediata
aplicación de los resultados para favorecer el bien común
y la lucha contra la miseria!

Esta comarca nuestra, pobre en recursos naturales aunque se le
considere rica por el ímpetu de sus gentes, tiene en su
Alma Máter el faro que la dirige al progreso y a la igualdad,
que en nuestra época, cuando este valor no se discute
en relación con la ley ni con las oportunidades democráticas,
depende esencialmente del acceso al conocimiento, causa eficiente
para la movilidad social y el imperio de la equidad.

Muchos de quienes hemos tenido el privilegio de moldearnos en
el Alma Máter, hemos concluido sobre esa experiencia,
que deja impronta para el resto de los años, que estos
claustros y su idiosincrasia, tienen una muy cercana aproximación
a nuestro ideal universitario.

En efecto, soñamos que la universidad debe ser científica,
abierta a la libre cátedra, no dogmática, crítica
con espontaneidad y sin amarguras, batalladora en las ideas y
ejemplar en la convivencia. La universidad debe recibir la problemática
social, procesarla en el laboratorio de la ciencia y entregar
soluciones a la comunidad.

La universidad científica debe partir de reconocer que
su tarea es una búsqueda sin fin por la verdad y que su
logro es apenas una verdad relativa y una base para emprender
una nueva investigación. Después de respetar el
compartimiento individual de las creencias religiosas y los principios
de la democracia como regla insustituible para la convivencia,
todo lo demás es revisable y demanda aproximaciones sin
dogma. El trabajo científico no admite cansancios y el
logro de cada nueva hora debe ser el renacer de la esperanza
para las siguientes.

La pasión en la defensa de las convicciones y en el resultado
de las investigaciones se excluye con el dogma que cierra las
puertas a los nuevos avances. La emoción se necesita pero
es obligatorio trazar la línea divisoria con el fundamentalismo
intransigente.

La universidad tiene que ser crítica. Para dar un buen
producto a la comunidad, el universitario debe asumir una actitud
espontánea, libre de amarguras y resentimientos. Signado
el mundo contemporáneo por la diversidad, se convierte
en escenario diario de conflicto entre opiniones diferentes,
que puede ser destructivo al desembocar en la confrontación
antagónica o constructivo al escoger la cooperación
creadora.

El rechazo a la lucha violenta de clases no implica renunciar
a la crítica. Cuando la crítica va acompañada
de la reacción violenta, se genera un bloqueo en la mente
individual y en la acción colectiva, que empeora los problemas
y no deja ver la luz de las soluciones. De la crítica
surgen las semillas que demandan suelo enriquecido por la disposición
anímica de construir.

A fin de responder bien a la sociedad, a partir del debate científico
debe preferirse el descubrimiento de la nueva opción antes
que la suma transaccional de las viejas y agotadas.

La universidad no puede presumir su aislamiento, debe entenderse
a sí misma como parte fundamental de la sociedad, ser
consciente de su papel de liderazgo para el bien común
y ejercer ese liderazgo.

Acudo hoy a rendir un sencillo testimonio ante mi universidad:
ha sido esta una iluminación constante para el disenso.
El disenso que permitió a Sócrates morir de manera
digna. El disenso, aquel elemento necesario en un determinado
momento para contradecir las tendencias aparentes, desafiarlas,
buscar las nuevas corrientes por las cuales debe inducirse a
la opinión, a la sociedad. El disenso, ese estímulo
irremplazable para la investigación y el debate. El disenso,
para reverdecer lo anquilosado o superarlo por lo fuerte, fresco,
robusto.

Colombia necesita dejar atrás la violencia destructora
que quiso aniquilar la dialéctica y en su lugar agitar
el emocionante debate de las diferencias ideológicas,
pero con fraternidad, que es la miel que garantiza la síntesis
creativa de las contradicciones. Esta escuela bicentenaria es
un lugar para la construcción democrática de la
Patria.

Colombia necesita una revolución educativa ambiciosa,
desafiante, austera en recursos y pródiga en resultados,
producto del sacrificio y la consagración y no de la abundancia.
Esta escuela bicentenaria es una esperanza para la revolución
educativa de la Patria.

Esta Alma Máter se encuentra madura y jovencita. En los
años 1950, Bertrand Russel, el filósofo inglés,
preguntó a un profesor asiático su concepto de
la Revolución Francesa. La respuesta enseña a contemplar
la dimensión extensa y completa de los tiempos: ‘todavía
es muy prematuro para opinar’. Que lo que hoy digamos sea
un estímulo para hacer todo lo requerido a fin de que
en el futuro se pueda reconocer mucho más.

Que esta Alma Máter ayude a nuestra tierra a tener más ‘calor
en el hogar’ y menos ‘llanto’, más ‘pan’ y
menos ‘cicatrices‘, más tolerancia con la
diversidad y cero tolerancia al crimen, más libertad y
menos temor, más debate y menos cizaña, más
contradicción creadora y menos insidia, más solidaridad,
en especial con la contraparte y menos afán individual,
el alma más limpia, el carácter más templado
y creciente dignidad colectiva.

Un compromiso superior con lo público,
para cuidarlo con el riesgo del error, la incurable buena fe
para discutirlo y siempre,
la certeza del amor Patrio.

Este gran pueblo nuestro, grande en la adversidad, sin resentimientos
ante el sufrimiento, que apuesta a un futuro de orden, armonía
social e infinito horizonte democrático, puede decir que
no le debe quejas a la Universidad, le debe inmensa gratitud.

Y que la Universidad exprese hoy que ‘invicta
en la fecundidad del pasado’, asume la deuda de garantizar
un futuro brillante a Antioquia y a Colombia.

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