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¿Efecto dominó?

Arrollando toda clase de garantías electorales, restringiendo las libertades esenciales de la sociedad y el individuo, llenando de talanqueras hostiles la misión de los observadores electorales internacionales, no pudo el gobierno de Maduro triturar a las fuerzas de oposición. La guerra sucia con todas sus delirantes ramificaciones, desatada por el autócrata para aplastar a sus contradictores, fue contrarrestada y superada por las mayorías en las urnas el pasado domingo. El voto castigo operó a plenitud.

 

Este triunfo comicial le plantea un reto insoslayable a las corrientes de oposición. Si bien obtuvieron una holgada victoria sobre el actual régimen, aún no han ganado la guerra. Para lograrlo, deberán consolidar fuerzas, en inteligente acuerdo sobre puntos fundamentales de acción inmediata.

 

Las fuerzas opositoras al capataz Maduro y su compadre, Diosdado Cabello, no pueden ahora disgregarse en ambiciones desmedidas de jefaturas egoístas, si quieren capitalizar con eficacia el triunfo legislativo. Si prima el personalismo sería el desastre. Frustraría la esperanza que no solo las mayorías venezolanas sino los países libres de América, han puesto en esta jornada como paso fundamental para ir desmontando el fracasado socialismo siglo XXI. Embeleco que ya comenzó a desencajarse en la Argentina, que tambalea en el Brasil, para ir dejando en la viudez a los correas, evos y ortegas, sindicato que ya sobrevive contra toda decencia democrática. ¿Acaso el populismo comienza a entonar el canto del cisne para ahogar tan temerario experimento, que ha llenado de pobreza y miseria a muchos pueblos de América? ¿Será el principio del efecto dominó?

 

Catarsis para sanar y analizar le espera ahora a la oposición que ganó en Venezuela. Está al frente de grandes confrontaciones que requieren de unidad y capacidad de sacrificio para deponer egoísmos y triunfalismos. Debe enfrentar a un presidente agresivo y enconado por la derrota pero con facultades omnímodas para boicotear los resultados del fallo de las urnas. Debe mirar cómo sortear el protagonismo del Cartel de los soles, compuesto por militares corruptos, con sus bolsillos llenos de dólares. Pensar cómo debatirán en la Asamblea Nacional esas acusaciones. ¿Qué le plantearán a un pueblo sin libertades, desabastecido, con hambre, a quien se le quiere silenciar con las armas oficiales y de las milicias bolivarianas? ¿Tendrá la oposición la capacidad de lograr esta primera transición –mientras llega la definitiva en el Ejecutivo— a través de vías pacíficas y no revanchistas, sabiendo que podría desatar una violencia del régimen?

 

Duros días le esperan a Venezuela. El mundo democrático y civilizado pone sus esperanzas de cambio en la oposición. Colombia en especial confía en el buen criterio de los forjadores y dirigentes de lo que podría ser una nueva Venezuela. Ellos saben que nuestro país ha sido víctima persistente de los atropellos de su gobierno, de la tolerancia de ese régimen con los que han causado tantos males a la sociedad colombiana y de los chantajes de sus autoridades que aprovechan la debilidad del gobierno colombiano para irrespetar su soberanía y a su comunidad.

 

La oposición en Venezuela debe entender que aún no lo ha ganado todo. Y el gobierno chavista dejar de creer que no ha perdido nada.