El hombre que salvó a Colombia

Medio: Wall Street Journal
Autor: MARY ANASTASIA O’GRADY
Fecha: 29 May 2010

Son apenas las 7:30 de un sábado en la mañana, cuando la van en la que voy se acerca al Comando Aéreo Militar colombiano, en el sur de la capital. Un C-130 gris militar avanza pesadamente por una pista al lado del camino de servicio, se inclina hacia arriba y lentamente gana altitud. En el cuartel, un pastor alemán antiexplosivos se percata mientras mi conductor espera por la autorización para entrar.

Dentro de un poco más de dos meses, el Presidente colombiano Álvaro Uribe regresará a la vida civil después de ocho años de mandato. He venido a hablar con él acerca de lo que ha aprendido durante su histórico ejercicio y para dónde cree que va Colombia. Su despacho me ha dado instrucciones de reunirme con él aquí, y sospecho la razón de la hora y el lugar: Después de nuestra reunión, él abordará su Air Force One y viajará, como lo hace varias veces a la semana, a algún lugar fuera de la ciudad donde evaluará el estado de la Nación y saludará de mano a los ciudadanos. El doctor Uribe es un populista conservador y su balance en el oficio es arrollador.

Cuando el doctor Uribe tomó posesión en 2002, Colombia estaba invadida por la violencia guerrillera y paramilitar. La clase política parecía haber perdido las soluciones. Era un ambiente que fácilmente habría podido generar una dictadura, como pasó en Argentina en 1976.

Hoy, Colombia continúa siendo la democracia latinoamericana más antigua, y la mayoría del país –aunque no todo- es sorprendentemente pacífica. La tasa de homicidios cayó un 45 por ciento de 2002 a 2009 y los secuestros bajaron en un 90 por ciento durante el mismo periodo, de acuerdo al Ministerio de Defensa de Colombia.

Las políticas del Presidente son consideradas como la principal razón. Una encuesta publicada por El Tiempo en diciembre muestra que el 83 por ciento de los colombianos creían que se le debería dar la oportunidad de lanzarse para un tercer periodo (la Corte Suprema tumbó un esfuerzo del Congreso que lo permitiera), 68 por ciento tenía una imagen favorable del doctor Uribe y el 73 por ciento aprobaba su liderazgo. Es difícil pensar en otro político que deje su oficio con tan altas calificaciones.

Cuando me saluda en su oficina su ánimo es sombrío. En pocos minutos me doy cuenta el porqué. “Esta mañana estoy muy triste”, me dice mientras cuelga una llamada con uno de sus generales, “porque he recibido noticias de dos nuevos casos de secuestro, uno en Antioquia y otro en Santander”. Estas eran “regiones donde considerábamos que habíamos derrotado el secuestro”.

De alguna forma, es el lugar perfecto para empezar la entrevista. La seguridad ha sido la prioridad número uno de este Presidente.

Cuando le pregunto por qué, el no trae a colación a su padre, quien fue asesinado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) en 1983. En lugar de esto, él se refiere a la larga historia de violencia de Colombia. “Este año es el bicentenario de nuestra Independencia y durante estos 200 años, este país solamente ha vivido 46 o 47 años de relativa paz”.

Adicionalmente, señala, desde los años 40 “no ha habido un solo día de completa paz”. Evoca las imágenes de las muchas guerras civiles de 1800, la sangrienta ‘Época de la Violencia’ entre liberales y conservadores en los años 50, y especialmente la larga lucha con la guerrilla izquierdista de las Farc, la cual ha sido apoyada por Cuba por más de medio siglo.

Este derramamiento de sangre le ha costado tanto vidas como dinero. “La ausencia de paz, la ausencia de seguridad” es lo que el doctor Uribe piensa que explica mejor la “pobreza, desempleo, miseria e inequidad” en Colombia. Esta amarga realidad es la razón por la cuál el lanzó su campaña con la premisa de construir confianza “a partir de tres pilares: seguridad, promoción de la inversión y cohesión social”.

El Gobierno de Uribe ha tenido cierto éxito atrayendo inversión, y la tasa de pobreza ha caído a un 46 por ciento, aún dolorosamente alta, pero por debajo del 54 por ciento que estaba en 2002. El desempleo urbano era 19 por ciento en ese mismo año y ahora está en 12.3 por ciento. Pero es en el campo de la seguridad que el Uribe se ha ganado su reputación.

¿Cómo lo hizo? “Para la seguridad usted necesita más soldados, necesita más policías, necesita más vehículos, necesita más aviones, necesita más armas, necesita más comunicaciones”. Él continúa con la letanía: “Usted necesita gente, necesita inteligencia, necesita equipos, necesita logística. Pero lo que más necesita es determinación”, pronunciando esta última palabra lentamente. “Usted puede estar convencido, pero si usted no tiene la determinación –y por determinación él se refiere a voluntad- y la entrega…”

“¿Y el sacrificio?”, añado. “Yo no hablo de sacrificio porque este es mi deber”, me responde. “Pero entrega, dedicación, en todos los momentos. Usted no puede simplemente dar instrucciones a las Fuerzas Armadas, usted tiene que hacer seguimiento. Usted tiene que ir con ellos a las regiones, a cada lugar del país”. Si usted quiere entender por qué las Farc y los simpatizantes de izquierda odian a Uribe, esta es la clave: Él se despierta todos los días intentado ganar esta guerra.

¿Entonces qué tan cerca está el país de la victoria? Él hace una pausa por un tiempo. “Hemos mejorado, pero nuestro progreso todavía no es reversible. Los grupos terroristas tienen expectativas por el nuevo Gobierno”. Si el nuevo Gobierno “no es suficientemente fuerte para combatirlos, y si continúan encontrando refugio en otros países”, ellos estarán esperanzados en “regresar a Colombia y fortalecer su capacidad de matar nuestra gente”

Dicen los rumores que el Presidente pasa la mitad de cada viernes llamado a los comandantes de su batallón a lo largo del país, para discutir sus actividades. ¿Es esto verdad? “No exactamente”, me corrige. Procede a explicarme cómo sus consejos de seguridad semanales están divididos en dos partes.

Una parte es abierta para que todos los colombianos lancen sus quejas. Él dice que al principio, las personas eran reservadas para usar este conducto, pero ahora son muy “abiertos”, y su aporte es de bastante ayuda. El segundo segmento es con funcionarios del Gobierno y miembros de las fuerzas militares. “Mi seguimiento a los batallones no es los viernes, es todos los días. Depende mucho más en las circunstancias”, dice. “Cuando recibo el reporte de seguridad en las mañanas, yo llamo a esos batallones en las regiones donde hay problemas”.

Uribe ha rescatado la democracia en una parte del mundo donde la criminalidad está en ascenso. Me pregunto en voz alta como ve él Sur América. “Cuando usted revisa las guerras de Centro América u otras guerras latinoamericanas, usted se da cuenta de que había dictadores y había insurgentes”. Pero en Colombia, dice él, las dos partes son democracia y narcotráfico.

Es por esto que él sostiene que en Colombia no hay una guerra civil, sino una lecha contra “los terroristas patrocinados por el narcotráfico”. Él dice que está más preocupado por los “países que teniendo el problema, no reconocen el problema, lo ignoran y no luchan contra éste”. Él no da nombres, pero Venezuela llega inmediatamente a la mente.

Esto me recuerda las ambiciones de Hugo Chávez de convertir a toda Sur América en una utopía colectiva bajo la bandera de su revolución Bolivariana. Ecuador y Bolivia ya se han apuntado. Ellos llaman su ideología “el socialismo del siglo 21”, y yo le pregunto al doctor Uribe si cree que esto es una amenaza para la región. Él escoge sus palabras cuidadosamente: “Si esto significa la eliminación gradual de la democracia, es una amenaza. Si esto significa la eliminación gradual de las instituciones independientes, es una amenaza. Si esto significa la eliminación de la iniciativa privada, es una amenaza”.

Su queja real contra el socialismo es completamente práctica. Al referirse al “modelo socialista antiguo” él dice que “trajo más problemas que soluciones”. El principal problema era la forma en que destruía “la iniciativa privada, volviendo a la gente perezosa y eliminando la creatividad”

Algunos analistas dicen que fue la creatividad y laboriosidad de los colombianos lo que hizo que este país fuera el centro del negocio de la cocaína. ¿Cómo este Presidente, quien ha sido testigo de tantos apuros por el azote del narcotráfico, calcula la lucha contra las drogas?

Hace muchos años, dice él, la gente pensaba que Colombia se convertiría en un país productor, más no consumidor, y que permanecería solo como una parada para los traficantes. Pero, dice, “Colombia empezó produciendo y hoy en día tenemos más de 300 mil adictos. Por lo tanto, no podemos seguir dividiendo nuestro mundo entre los países industrializados consumidores y los países productores del sur”.

¿Esto nos dice algo acerca de la ineficiencia de la lucha contra las drogas como una forma de reducir el consumo? Él ve para donde estoy yendo con esta afirmación en contra de la actual política de EE.UU. sobre la prohibición e interdicción, y se mueve para mirarme. “Mucha gente ha hablado acerca de la necesidad de legalizar el negocio como un camino para disminuir la criminalidad”. Pero, el argumenta que el consumo de la “dosis personal” está permitido en Colombia desde hace 15 años y la criminalidad sólo ha estado peor. Se enorgullece de que su Gobierno esté actualmente liderando un esfuerzo, que ahora está en el Congreso, para restaurar las penalidades para el consumo de droga, incluso en dosis personales.

¿Es acaso cierto que la criminalidad permanece porque mientras el abastecimiento siga siendo ilegal, el dinero de las drogas seguirá siendo para los mafiosos? Aquí nos encontramos en un terreno común: “Lo que encontramos es que es bastante difícil tener éxito en combatir la producción y el tráfico cuando se ha legalizado el consumo”.

Pero él continúa defendiendo la lucha contra el suministro, explicando cómo los cultivos de coca son la mitad de los que podrían ser, de no ser por la campaña de erradicación que él lideró. El Presidente dice que su éxito muestra que “es posible ganar esta guerra”. El coincide conmigo en que los cultivos pueden haberse trasladado a otros países, pero es por esto, dice, “que necesitamos que esto sea una batalla internacional, comprometiendo a todos los gobiernos”.

Tanto hablar del consumo de drogas, me recuerda a los Estados Unidos; cambio la marcha. La Administración Obama y los Demócratas en el Congreso han bloqueado una de las iniciativas más importantes deL Presidente Uribe –el tratado bilateral de libre comercio- y le pregunto por su relación con Washington en estos días. Él empieza su respuesta haciendo énfasis en la importancia de la alianza para ambos lados. Los Estados Unidos, dice, necesita un aliado fuerte en la región. Y para Colombia, que necesita “un apoyo práctico” contra el narcotráfico, la ayuda es crucial.

Sin embargo, habiendo alabado al gran amigo de su país, él no puede ocultar su desilusión por la manera como Colombia ha sido tratada en lo comercial: “Por supuesto, no puedo entender la demora en el Congreso de los Estados Unidos para ratificar nuestro tratado de libre comercio”, mirándome a mí y después hacia la pista. Ahí deja el asunto.

En cuanto a si es optimista acerca del futuro de Colombia él responde: “Por supuesto. Tengo que estarlo”. Pero su respuesta viene con un calificador: los colombianos deben recordar dónde estaba el país hace ocho años. “Estamos mejor, pero este país solo ha tenido 47 años de paz en 200 años de vida independiente”. Las nuevas generaciones solo prosperarán, advierte, si se consolida la paz. Para este propósito, el despega hacia Florencia, municipio de 150 mil habitantes, para llevarles ese mensaje personalmente, como lo ha hecho por los últimos ocho años.