Palabras del Presidente Álvaro Uribe al recibir la Medalla de Oro B’nai B’rith Internacional

Palabras del Presidente Álvaro Uribe al recibir la Medalla de Oro B’nai B’rith Internacional

9 de junio de 2010 (Bogotá)

       

“Me conmueve inmensamente recibir esta medalla de la B´nai B´rith Internacional, que ha cumplido una tarea tan importante desde 1843.

 

Yo simplemente he buscado cumplir el deber en nombre de unas generaciones de colombianos que no han vivido un día completo de paz.

 

Este homenaje, yo les ruego a ustedes no pensarlo en mi persona, sino en el heroísmo del pueblo colombiano, que ha sufrido tanto y que tan valerosamente ha enfrentado la desgracia del terrorismo, para superarla.

 

Hace ocho, hace 10 años, tuve yo la grata posibilidad de reunirme en varias ocasiones con la comunidad judía de mi Patria.

 

Los colombianos apreciamos mucho a la comunidad judía. Trajeron a este país un gran espíritu empresarial, una gran creatividad, una gran disciplina de trabajo.

 

Los colombianos tenemos por nuestros compatriotas de la comunidad judía la más elevada admiración, el más grande aprecio.

 

Hace ocho, 10 años, cuando hablaba yo con mis compatriotas de la comunidad judía, escuchaba sus quejas. Muchos de ellos en el exilio o trabajando aquí el papá, y la mamá y los hijos por fuera, huyendo de la violencia.

 

Y algo grato que he podido vivir estos años es el regreso de muchos de ellos, y más importante, el regreso a la tranquilidad en la tierra colombiana, porque la tranquilidad de esta gran comunidad es una garantía de prosperidad, es una garantía de creación de empleo.

 

En todas las épocas la comunidad judía de nuestra Patria ha sido una gran creadora de empleo.

 

Los colombianos nos sentimos muy orgullosos de nuestros compatriotas de la comunidad judía, y les tenemos toda la gratitud; miramos a esta comunidad de compatriotas con todo el afecto, con toda la admiración.

 

Hace 10 años, ocho años, cuando yo hablaba con mis compatriotas, veía en los ojos de la comunidad judía una profunda angustia, pero no solamente en ellos, iba a las universidades y preguntaba a los estudiantes si en algún momento habían pensado irse definitivamente de la Patria, y la mayoría levantaba la mano diciendo que sí, sin tiquete de regreso.

 

Daba la sensación que habían cortado las raíces del patriotismo, que se habían desprendido del afecto a Colombia, que querían era emigrar, que no querían alimentar aquí la noción de Patria.

 

La palabra confianza

Todos esos diálogos nos condujeron a la idea de buscar una palabra que guiara nuestra acción política y nuestra acción pública en el evento de ganar la Presidencia. Esa palabra fue la palabra confianza. Todos estos años hemos procurado que haya más confianza de los colombianos en Colombia, y de la comunidad internacional en Colombia.

 

Hoy, al recibir a la señora Secretaria de Estado de los Estados Unidos, la señora Hillary Clinton, y horas antes, en la mañana, al señor ex presidente Bill Clinton, dijeron algo que parece muy sencillo, pero que nosotros los colombianos, que hemos conocido las circunstancias difíciles, sabemos cuán significativo es, un elemento elemental de esta visita: anoche la señora Secretaria de Estado y su esposo, el ex presidente Bill Clinton, esta familia presidencial de los Estados Unidos, salió a cenar en un restaurante de Bogotá.

 

Qué cosa tan simple pero tan importante. Impensable hace algunos años.

Y le decía yo a los comunicadores: ‘miren, divulguen eso, háganlo salir en toda la prensa del mundo, que eso se convierte en la más positiva publicidad de que se puede tener confianza, confianza, confianza en Colombia’.

 

Es lo que hemos buscado.

Y entonces hemos trabajado en estos años con lo que llamamos el triángulo de la confianza, la casita de la confianza. Arriba, en el techo, la palabra confianza, y abajo tres pilares: la seguridad con valores democráticos, la inversión con fraternidad y la política social con libertades.

 

Cuando yo era joven, en el discurso político colombiano poco nos permitían hablar de seguridad; se interpretaba la seguridad como un camino al machismo, a la dictadura.

 

Se ha producido una buena transformación cultural en nuestra Patria. Hoy la mayoría de los colombianos reclaman la seguridad y la reconocen como un valor democrático, como una fuente de recursos.

Cuando yo era joven, en el discurso político se reclamaba permanentemente lo social, pero se trataba de ignorar la fuente de lo social. Hoy mis compatriotas reclaman por igual lo social y sus dos fuentes: la seguridad y la inversión. Imposible avanzar en lo social sin esas fuentes para nutrir lo social, que son la seguridad y la inversión.

 

Por supuesto, las políticas de una democracia necesitan validadores, y finalmente el único validador es la conciencia colectiva.

 

La política social es el gran validador de las políticas de seguridad y de inversión.

 

Hemos avanzado en estos años, pero yo diría que el camino que queda por recorrer es muy largo.

 

Hemos avanzado. Los colombianos están más tranquilos.

 

Intangibles de la Seguridad Democrática

Hay unos elementos que podríamos llamar los elementos intangibles de la política de seguridad. Hemos recuperado los monopolios que el Estado no debió perder: el monopolio para combatir a los criminales.

 

La palabra paramilitar se utilizó en Colombia para denominar las bandas privadas criminales, cuyo objetivo era combatir a la guerrilla. Colombia ha desmontado el paramilitarismo. Hoy son las fuerzas institucionales las únicas que combaten a todos los criminales.

 

Hemos debilitado todas las organizaciones criminales, pero tienen capacidad de hacer daño. Por eso esta política no debería tener desmayos, no debería sufrir defecciones.

 

La justicia en Colombia es independiente y es autónoma, pero en muchas partes del país había sido desplazada y remplazada por los líderes del terrorismo. Hoy la justicia en Colombia opera en todo el país.

 

Esta Colombia dio una larga batalla por la descentralización. Demoró mucho en llegar. En el siglo XIX tuvimos una magnífica constitución federalista, la Constitución de 1863, de Rionegro, pero tampoco pudo lograr que en los estados que conformaban la federación avanzara la democracia como necesitábamos. ¿Por qué? Porque esa Constitución de 1863 fue sucedida por 30 guerras civiles que la separaron de la Constitución de 1886.

En el año 1922, en Ibagué, se reunió el congreso del liberalismo colombiano, y encabezó su memorando político proponiendo la elección popular de alcaldes. Pero nunca llegaba.

 

Iba a llegar en el Gobierno del Presidente Belisario Betancur, cuando fue propuesto el acto Constitucional del doctor Álvaro Gómez Hurtado.

 

Y posteriormente, en la Constituyente del Presidente (César) Gaviria se incorporó la elección popular de gobernadores.

 

El Presidente Carlos Lleras, en la reforma Constitucional de 1968 incluyó unas normas para darle fortaleza fiscal a las regiones. Ese conjunto normativo se llamó el situado fiscal.

 

Las leyes 11 y 12 de la administración Betancur, desarrolladas por la administración (Virgilio) Barco, avanzaron en la descentralización fiscal y la Constitución del 91.

 

Pero cuando empezó nuestro Gobierno, esos esfuerzos de descentralización estaban a punto de ser derrotados por el terrorismo.

 

Esta Patria tiene 1.102 alcaldes de elección popular y 32 gobernadores.

 

Nuestro gobierno empezó el 7 de agosto de 2002, al día siguiente, antes de que despuntara el sol, empezábamos la Política de Seguridad Democrática en el César.

 

Y en la tarde llegábamos a Florencia, en el Caquetá, todos los alcaldes del Caquetá no podían despachar en sus municipios, se encontraban refugiados en la capital del departamento. Así estaban 400 alcaldes de Colombia.

 

Una descentralización inoperante por las amenazas y presiones del terrorismo sobre los actores de la descentralización, como los alcaldes, era una descentralización derogada.

 

El terrorismo había abierto avenidas de corrupción. Estos grupos terroristas habían asaltado los recursos de la salud, las regalías de los departamentos productores de petróleo y productores de carbón, habían abierto los caminos para robarse las transferencias del presupuesto de la Nación a las entidades territoriales.

 

Un gran intangible de la Política de Seguridad Democrática: hemos recuperado la descentralización.

Hoy todos los alcaldes y gobernadores de Colombia están rodeados por la Política de Seguridad Democrática, independiente del origen político de su elección.

 

Tuvimos un triste revés en diciembre, el secuestro y posterior asesinato del Gobernador del Caquetá, pero el país reaccionó con toda la valentía, exigiendo que se le den todas las garantías a la descentralización.

 

Los avances en la derrota del terrorismo han taponado esos caminos de corrupción que se abrieron para asaltar las finanzas de las entidades territoriales.

 

Allí reposa un gran principio de recuperación de respeto a la Ley, al ordenamiento jurídico.

 

Las víctimas no reclamaban. No reclamaban porque lo encontraban inútil o por temor. Hoy tenemos registradas más de 300 mil víctimas. Estamos atendiendo sus reclamos.

 

Introdujimos en el ordenamiento jurídico las normas para dar a esas víctimas una reparación pecuniaria. Reparación total no hay, pero todo esfuerzo de reparación evita reacciones de venganza; todo esfuerzo de reparación anula el odio, crea posibilidades de reconciliación.

 

Sin embargo, al recibir esta gran distinción, que la merece es el pueblo de Colombia, y que ustedes generosamente me entregan, tengo que decir que la única reparación, la reparación final, la reparación perdurable, es el derecho a la no repetición.

 

Nada ganaríamos con este tremendo esfuerzo de Colombia para reparar a las víctimas, si el país permitiera que se recuperaran los índices de violencia de antaño, si el país no exigiera que siguiéramos avanzando para poder derrotar definitivamente la criminalidad y restablecer plenamente la seguridad.

 

Seguridad con respeto a las libertades

Muy apreciada comunidad, Colombia ha enfrentado un tremendo desafío terrorista, más grave que en otros países, pero lo ha hecho con absoluto respeto a las libertades.

 

Yo ceo que ese es otro intangible bien importante. Nosotros no invocamos la gravedad de la amenaza, para cercenar las libertades o para censurar la prensa.

Hemos conducido esta política con absoluto respeto a las libertades, a las garantías individuales, a los derechos políticos, sin legislación marcial, sin legislación de estado de sitio, con acatamiento a la legislación ordinaria. Creemos que eso le da un enorme merito a Colombia.

 

Por supuesto el tema de derechos humanos es fundamental, y ha sido un tema caro, de la esencia misma de B´nai B´rith Internacional.

 

Nosotros propusimos a los colombianos una política de seguridad con credibilidad, para que sea sostenible, y la credibilidad reposa en que sea eficaz y al mismo tiempo transparente.

 

Una política de seguridad para todos los colombianos.

 

En nuestro Manifiesto Democrático de hace ocho años, en el punto 27, proponíamos que esa política –de ganar nosotros la Presidencia- tendría que expresarse en la protección eficaz de los maestros, de los sindicalistas, de los empresarios, de los periodistas.

 

Este país asesinaba 256 trabajadores al año.

 

Eso tuvo unos orígenes bastante complicados.

 

Las guerrillas marxistas trajeron al país la doctrina de la combinación de todas las formas de lucha; asesinaban y querían participar en el movimiento estudiantil; secuestraban y penetraban el movimiento obrero o el movimiento campesino.

 

Generaron la reacción igualmente cruel del paramilitarismo.

 

Los paramilitares empezaron a asesinar trabajadores acusándolos de ser colaboradores de la guerrilla, y las guerrillas reaccionaron en venganza asesinando trabajadores, acusándolos de ser traidores.

 

Es la triste realidad que encontramos.

 

Pero hemos hecho un gran esfuerzo.

 

Había una sentencia condenatoria de asesinos de trabajadores, hoy hay 200.

 

No había presos por esos asesinatos, hoy hay 200 personas privadas de la libertad.

Nos hemos esmerado en la protección individual, dos mil líderes de los trabajadores reciben protección efectiva individual del Estado colombiano.

 

La semana pasada la Organización Internacional del Trabajo (OIT) reconoció los esfuerzos de Colombia.

 

El país estuvo durante muchos años en la lista de los países sancionados por esta Organización. En los últimos dos años nos habían atenuado la sanción, seguíamos en la lista, pero con una anotación: Colombia is a country making progress.

 

Ahora nos excluyeron totalmente de la lista, sin condicionamientos. Nosotros lo celebramos, es una gran noticia para Colombia, es un gran estímulo para seguir esa tarea, para seguir construyendo unas relaciones laborales fraternas.

 

Este país asistió a años en los cuales asesinaban 15 periodistas. Todavía nos han asesinado periodistas, pero creemos que el periodismo, especialmente en las regiones, se siente hoy más libre, protegido por la Seguridad Democrática, menos condicionado, menos presionado.

 

Seguridad con eficacia y con transparencia

Hemos buscado avanzar en esta seguridad con valores democráticos, y creemos que esta tan importante la eficacia como la transparencia.

 

En Colombia ha habido un factor de violación de derechos humanos: las penetraciones del narcotráfico.

 

El narcotráfico ha penetrado segmentos de toda la institucionalidad. Una batalla de estos años es combatir esa penetración.

 

La contrainteligencia ha ayudado muchísimo. Los Altos Mandos Militares y de Policía, los ministros de Defensa han tenido un gran compromiso para derrotar esa penetración.

 

Cuando reviso qué ha pasado en estos años, al principio del Gobierno un problema grave, donde terminaron unos asesinando a los otros, de policías y soldados en Guaitarilla (Nariño), otro problema en Caramanta (Antioquia), más adelante en Jamundí (Valle del Cauca).

 

Encontramos un elemento común: la penetración del narcotráfico.

 

Hace pocos días asistí a la sede del Alto Comisionado de las Naciones Unidas en Bogotá.

 

Colombia desde 1994 tiene una delegación de la Alta Comisionada de Derechos Humanos, y en lo que es territorio legal de las Naciones Unidas, un testigo protegido me decía que en una Brigada a la cual él estaba adscrito, el narcotráfico había hecho penetración, y para mantener su impunidad, había realizado una colusión con integrantes de la Brigada para asesinar personas inocentes.

 

Esto: violación de derechos humanos, hoy se denuncia en Colombia sin temor, porque los colombianos han recuperado toda la libertad para denunciar. Y lo importante: se ha sancionado sin vacilaciones.

 

Homenaje a las Fuerzas Armadas

Yo quiero rendir un homenaje a las Fuerzas Armadas. Este país, que ha sufrido el narcotráfico, la narcoguerrilla y narcoterrorismo, tiene solamente un triángulo de esperanza: la Constitución, las Fuerzas Armadas y el pueblo.

En esta noche le rindo un homenaje a las Fuerzas Armadas, por una razón: las Fuerzas Armadas han procedido con heroísmo para combatir al terrorismo y a la criminalidad, y también con superior responsabilidad para apartar de la institución y para sancionar a aquellos miembros de las Fuerzas Armadas que han violado derechos humanos.

 

La política de derechos humanos no ha habido que adelantarla en contra de las Fuerzas Armadas, sino justamente en asocio con las Fuerzas Armadas, que ha demostrado el interés crucial, fundamental, por su prestigio, por su honor, por su credibilidad, por su responsabilidad con Colombia de ser líderes en materia de derechos humanos.

 

Y han sacrificado buena parte del fuero militar. Por ejemplo, cada vez que se da de baja a un integrante de organizaciones terroristas en Colombia, la investigación la inicia y la adelanta la justicia ordinaria, allí no interviene el fuero militar, solamente interviene el fuero militar, la Justicia Penal Militar, cuando la justicia ordinaria encuentra en esa investigación alguna anomalía que deba ser investigada por la Justicia Penal Militar.

 

Ahí se ha dado una transformación muy profunda en Colombia.

 

La investigación sobre todos los casos en los cuales aparece dado de baja un integrante de una banda delincuencial, es una investigación que hoy en Colombia se adelanta por la justicia ordinaria, y sólo conoce de ella, excepcionalmente, la Justicia Penal Militar.

Y eso lo han estimulado también nuestra Fuerzas Armadas, hace parte del conjunto de medidas para proteger los derechos humanos, para quitar de por medio esa penetración del narcotráfico que tanto daño ha hecho en nuestro país.

 

Hace poco me visitó el Alto Comisionado para Derechos Humanos en Bogotá y me dijo que en el último año y medio solamente han encontrado cuatro quejas de aquello que son violaciones a derechos humanos, de ‘falsos positivos’, que estaba muy contento, que dos de esas quejas parecía serias, otras dos desestimables. Yo le dije: ‘pero nosotros no nos ponemos contentos, porque nosotros queremos cero casos’.

 

Así como queremos unas Fuerzas Armadas que derroten totalmente la criminalidad –y en eso no puede haber dobleces ni declives- también queremos unas Fuerzas Armadas que todo el mundo las tenga que mirar con absoluto respeto por su observancia rigurosa de los derechos humanos.

 

Permítanme en esta noche, en frente de los directivos del B’nai B’rith Internacional, de mis compatriotas de la comunidad judía, expresar esto: los enemigos de nuestra política de seguridad también han tratado de ocultarse en los escudos de los derechos humanos.

 

Muchos enemigos de esta política se seguridad tenían la esperanza de que los criminales triunfaran en Colombia, hubo un momento en que el triunfo de los criminales se daba por descontado en nuestra Patria, no contaban con la reacción que se produjo en el pueblo colombiano en 2002, y que nos determinó con las Fuerzas Armadas y con el apoyo de las grandes mayorías de ciudadanos a dar esta batalla.

 

Pues bien, ellos no se oponen a la Seguridad Democrática per se, pero han encontrado una manera de deteriorarla, de afectarla.

 

En cada ocasión que la Fuerza Pública da de baja a un integrante de las organizaciones criminales hay enemigos graduados de la Seguridad Democráticas, que lo que hacen es ir a acusar el caso, a decir que no fue una acción lícita, una acción leal, sino un asesinato, una ejecución extrajudicial.

 

Por eso como Presidente de Colombia, de un Gobierno que no ha vacilado con las Fuerzas Armadas para sancionar las violaciones de derechos humanos, también he asumido la responsabilidad de denunciar ese enemigo de la política de la seguridad que son las falsas acusaciones.

Nosotros tenemos que tener un gran equilibrio para buscar la aplicación rigurosa de los derechos humanos, y para combatir el ataque desleal de las falsas acusaciones.

 

Con ese ataque desleal de las falsas acusaciones han querido frustrarle a Colombia la política de seguridad.

 

En este Gobierno hemos creído mucho en la participación de los ciudadanos, no como un Gobierno que respeta el Estado de Opinión como categoría contraria al Estado de Derecho, sino como un Gobierno que respeta la participación de la opinión como categoría fundamental del Estado de Derecho.

 

Nosotros hemos estimulado la participación ciudadana para combatir la corrupción, la participación ciudadana para vigilar la contratación pública, la participación ciudadana en procura de los derechos humanos.

 

Periódicamente los ministros de Defensa, los Altos Mandos y mi persona, hemos comparecido a la televisión a escuchar las quejas de nuestros compatriotas en materia de derechos humanos.

 

Nosotros creemos que el país ha avanzado en eficacia, en seguridad, en conciencia y respeto a los derechos humanos.

 

Ninguna operación militar o policiva se acomete en Colombia, sin que esté presente un oficial graduado en derechos humanos. Todas las brigadas tienen hoy oficiales de alta graduación en materia de derechos humanos.

 

Los ministros de Defensa han hecho una gran tarea con los Altos Mandos, para que el tema de los derechos humanos permee toda la Fuerza Pública de la Patria.

 

Yo veo con mucho entusiasmo el provenir de la Patria avanzando en seguridad, pero en esa seguridad con credibilidad, que es la seguridad derivada de la eficacia y de la transparencia.

 

El flagelo del narcotráfico

Ese enemigo que es el narcotráfico, tenemos que derrotarlo.

 

La historia de la Patria es sencilla y dolorosa en la materia. Cuando empezó el narcotráfico se pensó que Colombia sería solamente un país de tránsito, y que ese negocio del tráfico por nuestro espacio aéreo, por nuestros mares o ríos o por nuestro territorio dejaría aquí ganancias sin costos. Nunca se pensó que Colombia fuera a ser un país productor o consumidor.

Años más tarde apareció que Colombia cinco mil hectáreas de drogas ilícitas.

 

La Fuerza Pública ha estimado que de haberse aplicado hace 10 años la metodología que hoy se aplica para medir las áreas de droga, Colombia no habría tendido 170 mil hectáreas de coca, sino cerca de 400 mil.

 

No hemos ganado esta batalla, pero la vamos ganando.

 

La última medición arroja 68 mil hectáreas.

 

Colombia va a ganar esta batalla.

 

Se pensó que nunca habría consumidores; todavía se sigue diciendo en América del Sur, aquellos que desestiman la necesidad de la lucha contra el narcotráfico, que este es un problema de los países industrializados del norte, que consumen.

 

Nosotros tenemos 350 mil adictos, y además un millón 600 mil colombianos que confiesan haber tenido alguna relación con el consumo de drogas.

 

El problema del consumo es un problema del norte y del sur, de los países industrializados, de los países medianamente avanzados, de los países que no han avanzado tanto.

 

Si nosotros miramos nuestra América del Sur, tenemos que reconocer con preocupación el crecimiento del consumo en muchos de estos países.

 

Durante 14 años, en Colombia estuvo legalizado el consumo, porque se legalizó la dosis personal.

 

Aquellos que dicen que el camino es legalizar esta actividad, yo creo que están equivocados. Legalizada ha estado en muchos países del mundo. Legalizada estuvo en Colombia hasta diciembre, porque estuvo legalizado el consumo.

 

La imposibilidad de perseguir la dosis personal creo enormes dificultades a nuestras Fuerzas Armadas, a nuestros jueces, para perseguir el tráfico, para perseguir la producción.

 

Aparecía un video en la televisión internacional señalando a una de nuestras ciudades más representativas de Colombia como un destino de narcoturismo.

Empezaba la Policía, por instrucciones del Presidente, a perseguir los distribuidores de droga, y me decía la Policía: ‘Presidente, hemos sido ineficaces, no hemos podido actuar, porque todos los que hayan sido capturados los hemos encontrado con dosis personal, y por ende no son imputables’.

 

Durante 14 años Colombia vivió la legalización del consumo, de la dosis personal. Y eso probó todo lo contrario de lo que predican los amigos de la legalización. Probó que aumentó el negocio criminal, que además de un negocio criminal de exportación se creó un negocio criminal de microtráfico para distribución y estímulo del consumo doméstico.

 

¡Qué grave!

Hoy, que hemos derrotado varias organizaciones criminales, enfrentamos una que llamamos las bandas criminales, dedicadas al microtráfico en muchas ciudades colombianas.

 

Por fortuna nuestro Congreso, después de muchos intentos, en el mes de diciembre elevó a rango constitucional una norma que prohíbe la dosis personal, que la ilegaliza. no para llevar a la cárcel a los adictos, a los enfermos, no, a ellos hay que ofrecerles tratamiento, prevención, pero sí para llevar a la cárcel a los criminales que distribuyen droga, y para poder duplicar la pena a aquellos que apelan a menores para la distribución de la droga.

 

Este país, que ha derramado tanta sangre, tiene toda la autoridad moral para pedirle al mundo la derrota del narcotráfico en todas sus etapas.

 

Es imposible desvincular el narcotráfico de cualquiera de las expresiones criminales de Colombia, ese factor común que se encuentra en violaciones en materia de derechos humanos.

 

Mantener el rumbo, pero mejorándolo

Hemos avanzado, pero apenas hemos puesto unas semillas.

 

Yo digo a mis compatriotas que el país no es un paraíso, que no corren ríos de leche y miel.

 

Hace pocos días un campesino de mi tierra me decía: ‘Bueno Presidente, pero ya no corren los caudales de ríos de sangre del pasado’.

 

Yo creo que hemos puesto unas semillas. Le digo a mis compatriotas que apenas hay unos huevitos: el de la seguridad, el de la confianza de inversión, el de la política social. Que hay que poner todo el cuidado para que salgan pollitos de prosperidad, para sacarlos adelante.

 

Apenas estamos empezando.

He defendido con celo estos años estas políticas, dentro de la idea de que estas políticas permanezcan, no estancadas.

 

Recuerdo muy bien a mi profesor Michael Porter decir: ‘Hay que tener unos objetivos, hay que fijar unos derroteros para cumplir esos objetivos. Para llegar a esos objetivos hay que tener un camino de mejoramiento continuo, pero sin salirse del camino’.

 

No estanquemos el camino, no abandonemos el camino, he venido diciéndole a mis compatriotas a lo largo de estos ocho años.

 

Hay unas pequeñas semillas que pueden llevarnos a que el país salga adelante.

 

Si nosotros a la seguridad le asociamos la confianza de inversión, el acceso a mercados que estamos buscando, la innovación productiva, para lo cual ustedes, la comunidad judía, es un elemento fundamental.

 

La Revolución Educativa que hemos venido promoviendo, y un desatraso de infraestructura, en lo cual Colombia empieza, el país tendrá que ser un país más próspero, más igualitario, un país con menores tasas de desempleo, un país con más formalización, un país con más equidad.

 

Nosotros tenemos mucha fe en eso.

 

La historia de la violencia

Apreciados visitantes internacionales:

¿Por qué todo nuestro entusiasmo en esta lucha para derrotar el terrorismo, la inseguridad?

 

Porque en 200 años de vida independiente escasamente hemos vivido 47 años de paz: siete en el siglo XIX, alrededor del Gobierno del Presidente Núñez, que fueron años de prosperidad, prosperó la industria en el Caribe, surgió mucho la agricultura en la Colombia andina, avanzó la caficultora; y escasos 40 años de paz denle el siglo XX.

 

A finales del año 1902 se firmaron los acuerdos entre los partidos políticos que pusieron fin a aquella guerra que se llamó la Guerra de los Mil Días.

 

Y hubo una relativa paz hasta principios de los años 1940, cuando reapareció la violencia entre los partidos, que concluyó a finales de los años 1950 con los pactos del Frente Nacional de los ex presidentes Alberto Lleras y Laureano Gómez.

 

Pero óigase bien, apreciada comunidad, todavía muchas regiones de Colombia no habían recibido la noticia de los pactos de paz entre los partidos, y ya se escuchaban los fusiles de las guerrillas marxistas.

 

Colombia y Bolivia fueron escogidos como países para replicar la Revolución Cubana. Y entonces aquí llegaron las guerrillas marxistas, las guerrillas del odio de clases, las guerrillas que quisieron sustituir el argumento en la lucha política por el derramamiento de sangre, el Estado de Leyes por la dictadura.

 

Y produjeron la reacción igualmente cruel del paramilitarismo. Y ambos fueron cooptados por el narcotráfico. Y es lo que nos lleva a reconocer tristemente que las generaciones colombianas de los años 1940, hasta la fecha, no han vivido un solo día de paz.

 

En este Bicentenario de la Independencia, uno piensa por qué Colombia con un gran pueblo, con unos extraordinarios empresarios, con magníficos trabajadores, no ha tenido más prosperidad, con valores humanos, con capital social.

 

Hace poco un médico norteamericano que vino al Foro Económico Mundial en Cartagena me decía: ‘Presidente, estoy admirado. Yo veo en el rostro de los colombianos, en su expresión, veo alegría, veo calidez, veo desprevención’.

 

Y le dije: ‘¿Por qué admirado, médico?

Y me dijo: ‘Porque usted me había dicho toda la violencia que ha sufrido Colombia. Usted sostiene la tesis de que Colombia en 200 años de vida independiente solo ha tendido 47 años de paz, y yo esperaba encontrar unos colombianos con un rostro amargo, con una mirada de odio, unos colombianos con prevención, unos colombianos con el alma arrugada, exteriorizada en unos ojos envenenados, y he encontrado un pueblo colombiano cálido, afectuoso, un pueblo colombiano desprevenido’.

 

Y le dije: ‘Y a pesar de todo, nosotros con estas calidades de nuestro pueblo deberíamos tener mucha más prosperidad’.

 

Seguramente politólogos, sociólogos, economistas van a explicar qué ha pasado en estos dos siglos de vida independiente. Yo creo que lo que nos ha causado tanto retraso es ese elemento común de la violencia.

 

En este 20 de Julio, cuando recordemos el Grito de Independencia de aquel 20 de Julio de 1810, y en compañía del Gobernador de Cundinamarca destapemos la urna centenaria que nos dejaron quienes conmemoraron el 20 de julio de 1910, tendremos que recordar que el General Santander, uno de los libertadores de la Patria, tenía 18 años cuando se dio el Grito del 20 de Julio de 1810.

 

Acababa de graduarse en el Colegio de San Bartolomé, y a los pocos días del Grito de Independencia fue enrolado en un ejército, pero no en un ejército para consolidar la independencia, sino en uno de los ejércitos de nuestros bandos, en uno de los ejércitos que empezaba la violencia entre nosotros.

 

Él salía de Bogotá en el ejército del General Nariño, combatiendo en nombre de las tesis centralistas, para enfrentarse al ejército que de Tunja salía, guiado por Camilo Torres Tenorio, en nombre de las provincias unidas, que reclamaban las tesis federalistas.

 

En lugar de consolidar la independencia, empezamos la violencia entre nosotros.

 

Nariño, el mismo que había promovido ese ejército centralista en Bogotá, años después en un periódico que se llamaba La Bagatela, se quejaba y decía: ‘Con el Grito de Independencia pusimos el huevo de la independencia, pero no lo cuidamos, no lo consolidamos, porque nos dedicamos a la violencia entre nosotros mismos’.

 

Perdimos el talento del Libertador para que estuviera más tiempo en el Gobierno, porque tuvo que vivir dedicado a la guerra. La lucha de la independencia habría sido más corta, menos sangrienta, si no se da la violencia entre nosotros mismos.

 

Hace poco tiempo conmemorábamos los 20 años del magnicidio de Luis Carlos Galán, pero nos veíamos obligados a recordar que ha sido una historia de magnicidios.

 

La semana pasada, el 4 de junio, recordábamos el primer magnicidio: el del Mariscal Antonio José de Sucre, el soldado predilecto del Libertador, el alumno de todas las esperanzas del Libertador, asesinado el 4 de junio de 1830 en una montaña del sur del país, en la montaña de Berruecos.

Y después, en esa misma montaña, asesinaban al Presidente electo Julio Arboleda; y después en 1914, en las gradas del capitolio, asesinaban a Rafael Uribe Uribe; y después, en 1948, a Jorge Eliécer Gaitán; y después a Luis Carlos Galán; y después a Álvaro Gómez Hurtado.

 

Nosotros tenemos que tener toda la firmeza en la política de seguridad, porque las nuevas generaciones tienen el derecho a vivir tranquilas y felices ene l suelo fecundo de Colombia.

 

Por eso no podemos desfallecer.

Yo no sé cómo responderles a ustedes esta condecoración, la Medalla B’nai B’rith, que tanto me honra. La única manera es con dedicación y afecto a las libertades, a la lucha contra el terrorismo, al pueblo colombiano.

 

Los colombianos admiramos mucho todo el proceso de ustedes como comunidad internacional y como bastión fundamental de su Estado de Israel, con el cual hemos tenido las mejores relaciones, de las cuales nos sentimos muy honrados.

 

Admiramos también su capacidad de lucha por sus libertades, por sus derechos.

 

Cuando yo pienso en pueblos como el pueblo judío, también pienso en el pueblo colombiano, en la lucha de todo este tiempo para que las nuevas generaciones de colombianos puedan vivir felices en la Patria.

 

Después del 7 de agosto, cuando yo regrese al bello oficio de simple ciudadano de Colombia y repase esta medalla, reasumiré siempre que la vea un compromiso que nos legó el General Santander: trabajar por la Patria hasta el último día de la vida.

 

En las horas finales de su existencia pronunció una bellísima frase, dijo: ‘Las últimas horas hábiles de mi vida son las primeras en que dejo de dedicarme a la causa de la independencia, del bienestar y de la libertad de la Nueva Granada’.

 

Lo que sí queremos en el resto de los años, es ver la comunidad judía, como siempre ha estado, construyendo prosperidad para la Patria colombiana.

 

Muchas gracias”.