Palabras del Presidente Uribe en la inauguración del Tercer Congreso Iberoamericano de Cultura

Palabras del Presidente Uribe en la inauguración
del Tercer Congreso Iberoamericano de Cultura

1° de julio de 2010 (Medellín)

       

“Bienvenidos todos a Colombia, a Antioquia, a Medellín. Muchas gracias a todos por acudir a nuestra ciudad. Los colombianos nos sentimos muy complacidos.

 

Muchas gracias a don Enrique Iglesias (Secretario Iberoamericano), muchas gracias a don Álvaro Marchesi (Secretario de la Organización de Estados Iberoamericanos).

 

Muchas gracias a toda la Organización Iberoamericana por confiar en Colombia, en Medellín, por habernos otorgado esta sede; a todos ustedes por haber consentido con esta sede.

 

Muchas gracias apreciado Embajador (de España, Andrés) Collado, por la confianza para que después de haber tenido aquí la reunión de las Academias de la Lengua, pudiéramos tener ese gran evento de la cultura, este Congreso Iberoamericano de la Cultura.

 

Muchas gracias por el apoyo del Reino de España.

 

Muchas gracias por el apoyo de la Secretaría General Iberoamericana.

 

Muchas gracias a la Organización Iberoamericana.

 

Muchas gracias a la ciudad de Medellín, señor Alcalde (Alonso Salazar), a todo su equipo, a sus funcionarios, todo el entusiasmo que le han aportado.

 

Muchas gracias señor Gobernador (de Antioquia, Luis Alfredo Ramos).

 

Muchas gracias Ministra de la Cultura (Paula Moreno), muchas gracias a la Ministra, su entusiasmo, su devoción, su dedicación, a todo el equipo que la acompaña.

 

Qué bueno poder decir hoy que está reunido en Medellín este gran Congreso Iberoamericano de la Cultura.

 

Estamos en el Bicentenario (de la Independencia), tiene que haber algo común que en medio de la diversidad nos una a todos, y ese algo común no lo explica sino la cultura.

Y eso que es propio para toda esta Iberoamérica también lo es para cada uno de nuestros países.

 

Sobre esta Colombia que ustedes visitan hay muchas reflexiones con motivo de este Bicentenario, yo me he hecho una:

 

¿Por qué un país con una gran ciudadanía, con un gran capital social, por qué un país que ha tenido relativas buenas políticas, por qué un país tan laborioso, disciplinado, por qué un país con un ejercicio democrático sin solución de continuidad no ha tenido más prosperidad?

 

Porque en estos 200 años de vida independiente escasamente hemos tenido 47 años de paz.

 

Sociólogos, politólogos, economistas, historiadores darán sus puntos de vista. Desde mi condición de luchador público he querido aportar al debate este comentario: hemos tenido una constante de violencia en los dos siglos de vida independiente, que nos ha afectado muchísimo las posibilidades de prosperidad.

 

Un autor ha escrito un libro sobre Colombia que se llama ‘Una Nación a pesar de sí misma’ (David Bushnell), y podríamos decir hoy, parodiando a ese autor, ‘Una Nación, a pesar de violencia’.

 

¿Qué nos ha mantenido vivos?

 

¿Qué nos permite regocijarnos como Nación, sentirnos orgullosos de ser integrantes de esta Nación en medio de tantas dificultades?

 

Yo tengo que hacer un humilde reconocimiento: la cultura.

 

Creo que con tanta adversidad, en ausencia de la cultura, la Nación estaría disuelta. La cultura ha sido esa reserva que ha impedido la disolución de la Nación en los momentos más difíciles.

 

Ese acervo cultural ha sido ese motor que ha permitido la recuperación de la Nación frente a todas las adversidades.

 

Cuando nos remontamos a la historia, vemos que los legados culturales nos han salvado de las adversidades.

 

Uno de los más importantes colombianos, nacido en esta ciudad, Luis López de Mesa, escribió un bellísimo libro que se llama ‘Las frustraciones colombianas’, se refiere a las culturas precolombinas en los primeros capítulos, y dice cómo la primera frustración fue la derrota violenta de la cultura agustiniana. Pero supervivimos, sobrevivimos, porque nos dejó un legado.

 

Una segunda frustración: la derrota violenta de la cultura chibcha. Sobrevivimos porque obtuvimos, mantuvimos un legado cultural.

 

Es bien importante mirar en este Bicentenario qué pasó en todo ese movimiento independentista que se dio al unísono en un continente bastante extenso, en épocas sin comunicaciones y además cuando simultáneamente se daba ese gran evento de avance democrático que fue la Constitución de Cádiz.

 

Creo que todo ese movimiento independentista, también teniendo como una referencia la Constitución de Cádiz, en alguna manera vino a aquilatar, a reforzar los elementos culturales que nos han mantenido, los elementos culturales que nos han permitido superar todas las dificultades.

Cuando Colombia, en ese siglo XIX apenas vivió siete años de paz, uno se pregunta: ¿Y cómo logró sobrevivir la Nación?

 

Y aparecen unos elementos culturales extraordinarios.

 

Por ejemplo, el Movimiento Comunero que se dio a finales del siglo anterior, hay que asociarlo con la carta de Juan Sin Tierra, en Inglaterra, que lo antecedió en más de 600 años como uno de los pilares de gestación del Estado Social de Derecho, uno de cuyos fundamentos esenciales es el respeto a la diversidad.

 

A semejanza de la carta de Juan Sin Tierra en Inglaterra, el Movimiento Comunero exigió que fuera la representación popular la depositaria de la competencia para crear impuestos.

 

Y en las capitulaciones, que construyeron una especie de paz temporal entre los gobiernos que regían y el Movimiento Comunero que se expresaba, hubo aquella de reconocer los derechos de todas las comunidades, de las comunidades indígenas.

 

En el Movimiento Comunero encontramos un gran antecedente de la formación del Estado de Derecho y del respeto a la diversidad.

 

Por supuesto, ahí reposan los elementos culturales que nos han permitido sobrevivir.

 

Creo que hay un elemento cultural fundamental para poder superar la adversidad: nuestro apego a la libertad.

 

Cuando uno repasa las guerras civiles de Colombia del siglo XIX, encuentra que tanto los gobiernos como los movimientos insurgentes reivindicaban la libertad.

 

Los gobiernos trataron de justificar las acciones represivas para defender las libertades, y los movimientos insurgentes siempre justificaron sus acciones beligerantes para defender las libertades.

 

Se encontraron en el campo de batalla, se confrontaron; miles de muertos, una Nación desangrada y todos, todos reivindicaban sus acciones o sus reacciones en nombre de la libertad.

 

El apego a la libertad nos ha permitido mantener incólume la Nación en medio de tantas dificultades, y las expresiones de la cultura, las expresiones del arte.

 

El país se desangraba, pero también en regiones como Antioquia había un gran avance cultura y educativo.

 

Y en todo el país se avanzaba muchísimo en la poesía y en el culto del Derecho.

 

Podría decir uno peyorativamente que el leguyelismo, esto es, el carácter degenerativo del derecho, fue un torpedo a la Nación, pero también habría que reconocer, y es importante reivindicarlo, que el culto al Derecho en alguna forma ha sido una garantía de libertad de la Nación, una garantía de ese elemento cultural fundamental que es el apego a la libertad, el que ha impedido la disolución de la Nación en momentos muy difíciles.

 

Diría que en ese siglo XIX nuestro apego al derecho, nuestra adhesión a las libertades, las expresiones de la cultura en el arte, como la poesía, permitieron que la Nación pudiera sobrevivir a tantas dificultades.

 

Un congreso como este, pensando en el Bicentenario de esta Colombia que ustedes visitan, hay que reconocer que referentes culturales tan importantes como los juristas, los poetas, han ayudado a mantener una Nación tan desafiante.

 

El siglo XX empieza en Colombia con acontecimientos muy tristes pero también con unos buenos prolegómenos.

En el final del año 1902 terminó la última guerra civil declarada. Fue de mil 128 días y cien mil muertos. El país quedó deprimido.

 

Cuando se firmaron esos pactos de paz, alguno bellamente dijo que hacían la paz no porque estuvieran convencidos de la paz sino porque ya no había nada porqué pelearse. La Nación había quedado destruida.

 

Yo creo que la Nación no quedó destruida, quedó destruido el Estado, la riqueza, la calidad de vida, pero la Nación sobrevivió, fue el elemento supérstite que nos permitió la recuperación.

 

Al año siguiente se independizó Panamá. Era la joya de la corona.

 

Las tesis sobre esa independencia son muchas: la política del Gran Garrote del Presidente (Theodore) Roosevelt en los Estados Unidos, la negativa de los juristas colombianos y del gobierno de la época a aceptar una concesión a los americanos para la construcción del canal, también las presiones de Wall Street, la decisión panameña de hacer el canal a través de una concesión a los norteamericanos.

 

Yo diría que influyó un elemento: nosotros no asignamos suficiente importancia a esa integración con Panamá, por vivir aquí destruyéndonos en medio de la violencia.

 

Pero hubo unos elementos culturales que produjeron una especial expresión en esa acta de independencia.

 

El Acta de Independencia de Panamá es atípica, bellísima. En una de sus partes dice: ‘Hemos llegado a la mayoría de edad y queremos ejercerla. Nos independizamos como hermanos’.

 

Bellísima, no hay una palabra de agresión.

 

Al meditar sobre cómo se puede dar una independencia de esa manera y construir una profunda hermandad, no alterarla sino reforzarla, allí tienen que aparecer unos elementos bien importantes: los lazos culturales que habíamos creado.

 

Cuando hay esos lazos culturales se puede dar la independencia pero nunca la separación, que es justamente lo que se dio con Panamá: independencia, jamás separación.

 

Y esos lazos culturales son los que han mantenido a esta Iberoamérica unida en medio en medio de tantas dificultades que se han presentado en muchísimos momentos.

 

En ese mismo 1903, cuando se independiza Panamá, nace el Carnaval de Barranquilla, una de las expresiones más importantes del arte en Colombia.

Uno de los fundadores es el general Javier Vengoechea, un viejo combatiente de la guerra de los mil 128 días, e introdujo una bellísima ceremonia en el Carnaval de Barranquilla, que se llama la Batalla de Flores, que año a año se repite.

 

Dijo: ‘Dejamos atrás las batallas de la guerra y las batallas de la sangre. Lo único que puede verse ahora que se derrame sobre las calles de Colombia son las flores. Las únicas batallas que aceptamos son las batallas de flores’

¡Qué simbología tan hermosa!

 

Y eso obedecía a unos elementos culturales que se venían creando, que se mantenían y que operaban como motores para la recuperación.

 

Colombia en el siglo XX escasamente vive 40 años de paz. Las generaciones vivas no han tenido un solo momento de paz desde los años 1940.

 

A la violencia entre los partidos se le pone punto final con los pactos de Frente Nacional, aparecen las guerrillas marxistas que terminan en el mercenarismo del narcotráfico, se genera la reacción paramilitar que termina en el mercenarismo del narcotráfico, el narcoterrorismo; y las generaciones vivas desde los años 40 no han tenido un solo día de paz.

 

Pero ha habido unos motores para superar las dificultades, para recuperarse, para entender que la seguridad es un valor democrático, una fuente de recursos. Esos motores han residido en la cultura en todas sus expresiones.

 

En esa violencia política aparecen figuras del arte colombiano extraordinarias en esta ciudad (Medellín), como el pintor Fernando Botero.

Y todas estas violencias están acompañadas por figuras que han sido superiores a las amenazas; nuestro Nóbel (de Literatura) Gabriel García Márquez.

 

En todas estas violencias han crecido enormemente las expresiones del arte en nuestra Patria.

 

Todo eso determinado por las fibras culturales ha impedido que podamos desaparecer.

 

Aquí mismo, pintores como Débora Arango, en nombre del arte, reivindicaban los derechos de la mujer por encima de todas las amenazas y los ponía justamente en bellísimos murales.

 

Recientemente algunas zonas de la Patria no se disolvieron por la cultura.

 

Las guerrillas terroristas quisieron acabar departamentos como el Huila, pero sobrevive con gran alegría, sale adelante, y en este fin de semana es uno de los epicentros del arte de la Patria, el Festival del Sanjuanero.

 

Es bien importante una reflexión para que ustedes nos acompañen, sobre Colombia: ¿En tanta adversidad cuál ha sido el papel de la cultura y de sus expresiones artísticas para evitar que la Nación se disuelva?

 

Ustedes llegan a esta ciudad de Medellín, afectada enormemente por el narcoterrorismo, superando todas las dificultades.

 

Como dijera el doctor (Sergio) Fajardo, el anterior alcalde: ‘Una ciudad que ha pasado de la tristeza, del dolor, a la esperanza’.

 

Y la cultura ha sido un gran factor para permitir ese tránsito.

 

Porque aquí siempre ha estado vigente una cultura de trabajo honrado, una cultura de esfuerzo, una cultura de labor colectiva, y eso ha impedido que se disuelva la sociedad en medio de tantas amenazas.

 

Mientras ustedes se reúnen en la ciudad de Medellín en este fin de semana, en Colombia se expresa la diversidad de la música en muchas regiones.

 

Allá en el Huila, el Sanjuanero; el Bambuco, otro festival semejante en Ibagué; en los Llanos Orientales el Joropo.

 

Mientras en muchas partes de Colombia suenan este fin de semana las cuerdas de los tiples y de las guitarras, en otras partes suenan las cuerdas del arpa.

 

Y hace poco tuvimos el Festival Vallenato.

 

Llegan a un país de una riquísima diversidad musical, que tiene que ver con la posibilidad de decir: un país a pesar de la violencia, un país a pesar de tantas dificultades.

 

Quiero rendir homenaje a uno de los grandes de esta tierra, que falleció hace poco, que la hizo grande en el piano, en sus letras, en sus composiciones musicales: Jaime R. Echavarría. Diría yo que uno de los cantores de América.

 

Llegan ustedes a un país que tiene hoy 140 mil niños estudiando juiciosamente música, pero lo más importante es que es un país que crece en todas esas escuelas de la música.

 

En esta región de Antioquia, en cada uno de los 125 municipios hay una escuela de música, dirigidas por una frase que se ha acuñado en el alma: ‘Cuando un niño abraza un instrumento musical, jamás empuñará un fusil contra el prójimo’.

 

Yo les ruego, apreciados visitantes, que cuando regresen a sus países sean nuestro embajadores y ayúdennos a que la comunidad internacional sepa esto: en Colombia han sonado los fusiles, pero suenan mucho más las maracas y las cajas y los acordeones y los violines y las guitarras y los tiples; y son los instrumentos musicales los que le están dando a Colombia fuerza para matar la acción de los fusiles.

 

Bienvenidos”