Que se vayan ellos

Por: Fernando Álvarez

Que se vayan ellos…

El expresidente Álvaro Uribe debe estar cantando por estos días la canción de Piero, “Que se vayan ellos”, ante la sugerencia de Piedad Córdoba de que tanto él como el senador Gustavo Petro deberían retirarse de la actividad política, así como lo acaba de anunciar ella. La exsenadora en su determinación de hacerse a un costado en las lides políticas alborotó de nuevo un debate en el que Tirios y Troyanos caen recurrentemente al hablar de la presencia activa de Uribe en el panorama político nacional.

Los izquierdistas, con sobradas razones, gritan cotidianamente que Uribe se vaya. Qué más quisieran las FARC, el ELN, las disidencias, los reductos del EPL, en fín todas las organizaciones guerrilleras que ven en el expresidente el principal obstáculo para sobrevivir en sus andanzas narcoterroristas. Si alguien les refresca su karma es Uribe. Y cuánto no quisieran los miembros del Partido Comunista, los sobrevivientes de la Unión Patriótica, los militantes de la Colombia Humana, los activistas de los restos del MOIR y los desconocedores de la historia que aún sueñan con el marxismo en Colombia, hoy disfrazado de Socialismo del Siglo XXI.

Los liberales de nombre y de prácticas corruptas festejarían con bombos y platillos el día que llegara a ocurrir la noticia que anunciara que Álvaro Uribe se retira. Los oportunistas y politiqueros tipo Roy Barreras o Armando Benedetti, que llegaron a ser primera fila en los uribistas, destaparían champaña con el dinero encaletado en sus apartamentos y con la plata entregada en las playas de Coveñas. Los verdes encabezados por el exdirigente del M19, Antonio Navarro Wolf, brincarían en una pata de la felicidad y los conservadores que se venden por un plato de lentejas quedarían azules de la dicha con una decisión de Uribe de tirar la toalla y dejar el espacio libre a la manzanilla.

Los que aplaudirían una noticia como esta y brindarían con sello azul serían los expresidentes de sangre azul teñida de rojo narco por la forma en que resultaron elegidos y los de sangre multicolor en la que se difuminó el rojo liberal para teñirse del otro rojo, por efectos de un magnicidio en Soacha que les permitió llegar al poder con las ajedrecistas jugadas de la narcopolítica. Otros que celebrarían sin ningún recato de austeridad serían los beneficiarios de jugosos contratos de la fundación que montaron los hijos del mártir de Soacha, quienes han sabido cobrar con creces al Estado la desgracia de haber perdido a su padre en manos de las mafias narcotraficantes.

Quienes aplaudirían, pero intrínsecamente lo lamentarían son los congresistas de las tetas y el paraíso y otros senadores hijos de comunistas colaboradores de la guerrilla porque se quedarían sin libreto. La desaparición de Uribe del escenario político le serviría para cantar una victoria que se volvería de inmediato pírrica porque ya no habrá un blanco al que dispararle gratuitamente para ganar adeptos ni un culpable para achacarle todo lo que se le pueda endilgar etéreamente a un prefabricado símbolo del mal que han ensamblado.

Y cómo no van a hacer fiestas los narcoperiodistas, a los que Uribe ha confrontado y denunciado por haber montado sus noticieros con el dinero de César Villegas, testaferro del Cartel de Cali, alias “El Bandi” y del narcotraficante Pastor Perafán ? O acaso no echarían voladores y sacarían su artillería pirotécnica los opinadores filomamertos que pululan en los medios y que sueñan con que llegue al poder el exguerrillero Gustavo Petro, para quien su principal piedra en el camino en este propósito se llama Álvaro Uribe Vélez.

Pero además brotaría la dicha de contento en aquellos uribistas que no han entendido que la presencia de Uribe en la política responde a que los líderes de una causa no se retiran y sólo se van para sus aposentos cuando emerge un nuevo capitán con suficiente enjundia para continuar su lucha. Que no han entendido que deben prepararse para seguir tamaña batalla como la que se compró Uribe, la de evitar que el populismo llegue al poder, la de no permitir que la izquierda heredera de las ideas de dictadores tipo Fidel Castro en Cuba o Hugo Chávez en Venezuela, encarnadas en Nicolás Maduro, se tomen el poder en Colombia.

Se equivocan quienes ven en Uribe un afán protagónico. Lo que existe en él es un afán antagónico, para usar las palabras de los escenarios teatrales. Uribe no se puede retirar porque hasta hoy es el dique para contener esa avalancha mamerta que cabalga lentamente con su combinación de todas las formas de lucha, para ganarse el favor de los colombianos, más aún en medio de una crisis generada por el coronavirus que amenaza con dejar al país en sus perores momentos económicos y donde la izquierda intentará hacer su agosto a costa de las desgracias, con su táctica populista de culpar al gobierno, al presidente Iván Duque y al expresidente que tantos dolores de cabeza le ha dado al comunismo y sus aliados.

Uribe no se puede ir porque no hay con quien. Cuando no son los derechistas extremos que anteponen sus obsesiones por encima de la real politik son los extremistas de izquierda que lo quieren desaparecer, encarcelar o sacar del ruedo a como de lugar. Pero Uribe canta “Que se vayan ellos. Los que te mataron. Que te torturaron. Los que te prohibieron gritar Libertad… Mientras tanto, aquellos que sienten que el expresidente es la garantía de un país en progreso y democracia seguirán gritando: Uribe no se va!