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Salve usted la patria

¡Ni Dios me quita la victoria!, exclamó, lleno de arrogancia, el comandante de la división española José María Barreiro.

Bolívar, con angustiada resignación, dijo: Se nos vino la caballería y esto se perdió.

Pero Rondón replicó: ¿Por qué dice eso, general, si todavía los llaneros de Rondón no han peleado?

Y Bolívar le ordenó: ¡Coronel Rondón, salve usted la patria!

¡Que los valientes me sigan!, gritó Rondón, y catorce lanceros atendieron su llamado.

Las tropas españolas huyeron y la victoria fue para los republicanos.

 

¡Salve usted la patria! es una frase que resuena desde la niñez de cada colombiano y que ahora, en el momento más crítico de su historia, llega a su mente con insistencia. Porque ayer como hoy, el destino de la América libre se juega sus últimas cartas a pesar de que todo se de por perdido. En 2016, como en 1819, poderosas fuerzas pretenden doblegar a un pueblo  que tiene como su bien más preciado la libertad. El de ahora es un campo de batalla de una complejidad acorde a una época que ha sobrepasado hasta lo que se creía reservado para el futuro. Esta vez no es en el Pantano de Vargas donde se define quien triunfará entre dos fuerzas antagónicas, una que representa a la opresión y otra a la libertad, sino en el corazón de cada colombiano.

 

¿Quién se atrevería a cuestionar ahora a Bolívar por dejar en las manos de un joven de raza negra la misión de salvar la patria. En las manos de un hijo de esclavos libertos y, para colmo de los colmos, quien se inició en las filas enemigas alcanzando el grado de capitán? Por el contrario, comprendemos que Bolívar demostró grandeza con ese acto magnánimo en donde no existió ni una pizca de orgullo ni de vanidad.

 

De un paladín se esperan logros excepcionales, transformándose ante los ojos de sus seguidores en un personaje casi místico, pero cuando los acontecimientos parecieran sobrepasarlo pierde su aura y es cuestionado por ellos mismos. Él, como verdadero líder, conoce su misión y no se dejará doblegar ni disminuir por las críticas de quienes alguna vez fueron sus defensores.

 

Los colombianos tenemos el inmenso privilegio de contar con un líder de talla mayor cuyo nombre es Álvaro Uribe a quien, como a los verdaderos paladines, le ha tocado librar muchas batallas y sumar innumerables enemigos. Con cada batalla enfrentada gana seguidores y se llena de detractores. Pareciera que el país en un momento dado quedó dividido entre quienes lo respetan y admiran y quienes lo detestan.

 

Considero que un verdadero liderazgo lo mantiene no quien pretenda la aprobación de todos sino aquel que continúa fiel a su misión así le lluevan las críticas y sea víctima de un trato injusto. Siempre tendrá el aprecio de quienes delegan en él la conducción de asuntos fundamentales tanto en la existencia de cada cual como en la de toda una nación.

 

Y un liderazgo sostenido, hasta cuando no se tiene el poder, es una clara medida de su ejercicio efectivo, como ocurre desde hace cinco años con Álvaro Uribe. Cuando eso pasa, un verdadero líder actúa no solo a través de sus propios actos sino también a través de los de sus seguidores. Bolívar, de ninguna manera, perdió su liderazgo al pedirle a Juan José Rondón que salvara la patria a la cabeza de apenas catorce lanceros, sino que hizo ejercicio de él.

 

En este momento somos muchos los que quisiéramos pedirle a Álvaro Uribe que salve la patria, pero nos llego el momento de sacar del interior de cada uno de nosotros lo que tenemos del valiente Rondón y con el liderazgo de Álvaro Uribe salvemos la patria.