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Santos, mentiroso compulsivo

El paraíso terrenal. Eso tendremos con el advenimiento venturoso de la “paz”, augura el presidente Santos.

 

El problema ambiental se resolverá –lo acaba de anunciar en París- en virtud de los diálogos en La Habana con el más acusado depredador de la naturaleza de nuestra historia. Así mismo el narcotráfico desaparecerá, gracias a la colaboración desinteresada del mayor cartel del mundo. Tendremos la reforma agraria que nunca imaginamos, atendiendo sabias recomendaciones de los peores despojadores que haya conocido el país. Nuestra descaecida justicia será redimida, y construiremos una nueva, no punitiva sino “restaurativa” como mandan los cánones modernos, con jueces integérrimos designados por los mismos criminales. Entre otras trascendentales reformas.

 

Y nuestras afugias económicas desaparecerán como por ensalmo, para completar el país de las maravillas. Con la sola firma de los acuerdos de La Habana tendremos un crecimiento adicional de casi dos puntos del PIB, pasando a una tasa anual de 5,9%, casi el doble de la actual, y la inversión extranjera se multiplicará por tres en apenas diez años. Lo acaba de revelar Simón Gaviria, el letrado delfín que lidera la planeación colombiana, por encargo del presidente de la república, y el diario oficial (u oficioso, la misma cosa da) de la familia presidencial lo repite un día sí y otro también en la primera página, para que los colombianos nos convenzamos de tan magnífica noticia.

 

Manías de un régimen perverso, cuyo jefe de Estado es un mentiroso compulsivo e inescrupuloso, que feria la nación en pos de una vanidad personal. Solo cínicos consumados pueden predicar que se acerca el país de las maravillas en el momento mismo en que la economía nacional naufraga más aparatosamente que el galeón San José hace tres siglos.

 

Nunca en la historia habíamos tenido –para usar la manida frase de Santos- un déficit comercial como el actual, que supera en 2015 los 15 mil millones de dólares. Con la paradoja de una devaluación desbocada –también sin par en los anales de la divisa- que se supone en la teoría económica que debería estimular las exportaciones y ayudar a cerrar la brecha, pero que, concentradas como están éstas en la “locomotora” minera, con los hidrocarburos a la cabeza, y gracias a la crisis petrolera mundial, en lugar de ayudar a solventar la crisis la hacen más profunda. Para acabar de ajustar, la inversión foránea, que podría traernos moneda extranjera y fortalecer las reservas, se ha desplomado y numerosas empresas buscan afanosas cómo salir del país.

 

Vivimos en este terreno el peor de los mundos, aprisionados por una devaluación que no es capaz de estimular las exportaciones pero que tampoco debilita las importaciones, desbordadas, que impactan los precios y reavivan la inflación. Sin que el aparato productivo nacional, desestimulado por la tributación excesiva, pueda responder. Resultando lo que los expertos llaman estanflación: estancamiento con inflación. Este año el crecimiento del PIB apenas bordeará el 3%, algo así como punto y medio menos que lo que estimaba el alegre equipo económico hace doce meses, argumentando con postiza suficiencia que estábamos blindados contra la crisis. Los llamados del gobierno nacional a la hora de nona a emprender ahora sí un proceso de “sustitución de importaciones” suenan a uno más de sus inveterados artilugios.

 

Y de la situación fiscal ni hablar. Producto de las imprevisiones (por ej. con el precio del petróleo), el gasto desaforado y la mermelada distribuida sin medida para alimentar el abultado aparato clientelista, así como del florecimiento de una corrupción como no se había visto en la historia, para repetir la socorrida expresión presidencial, el déficit fiscal se ha disparado. Los expertos lo estiman en no menos de 20 billones de pesos, algo así como el 3% del PIB. Que sigue creciendo si tenemos en cuenta que los precios del petróleo continúan en declive, que estamos al borde de un apagón en el abastecimiento de energía eléctrica por equivocaciones del gobierno y el fenómeno del Niño, que la debacle en el sector de la salud no para sino que crece con cada día que pasa; para solo mencionar los factores más relevantes.

 

Hacia el futuro, vaticinan los expertos, la situación no mejorará tan fácil. El crecimiento del PIB el año entrante no será mejor que el de 2015, la presión inflacionaria prevalecerá, el desempleo se trepará de nuevo por cifras de dos dígitos.

 

El gobierno ha nombrado –como en tantos asuntos- una comisión para estudiar el enredo tributario y delinear la tan cacareada “reforma tributaria estructural”, cuyo informe se espera para este fin de año. Ya lo han filtrado algunos de sus miembros: no será estructural, sino dirigida a paliar el déficit actual, que es lo que de verdad le interesa al gobierno. Pero el palo no está para cucharas. Los empresarios aspiran –como Santos les ha prometido para tratar de echárselos al bolsillo- a que se les reduzcan los arbitrarios gravámenes que les aplicó la última reforma tributaria de este gobierno. ¿Pero cómo conjugar esa pretendida reducción –que dudamos seriamente que se otorgue- con la necesidad de llenar un hueco fiscal tan abultado, de más de 20 billones de pesos? Subiendo el IVA y ampliando su cobertura, gravando las rentas de trabajo, desplumando a las sociedades sin ánimo de lucro, entre otras estratagemas. A cuál más impopular, recesiva y regresiva.

 

No entramos a detallar otro abuso oficial que los analistas serios describen con preocupación, como es la apelación a las llamadas “vigencias futuras” para sustentar monumentales proyectos, más ilusorios que reales, en lo cual es especialista este gobierno. Juan Camilo Restrepo, ex ministro de hacienda y de agricultura, que no es ningún anti-santista, lo ha resumido de esta manera hace apenas unos días: “Ya vamos, con las solas vigencias futuras abiertas hasta la fecha para infraestructura, bordeando la cifra de 46 billones. Se acaba de anunciar además un plan a largo plazo para infraestructura por valor de 200 billones. ¿Cuánto de este costo se atenderá con vigencias futuras? ¿Cuánto con nuevos impuestos como también se ha mencionado?”. Aquí lo que cabe preguntar, agrega Restrepo, no es quién es el dueño de la chequera sino de los sobregiros.

 

Y eso que no hemos hablado del posconflicto y de su costo. La Misión Rural –otra de tantas que acostumbra Santos- acaba de entregar su informe final. Según lo resumió el mismo presidente en el reciente congreso cafetero, entre “las recomendaciones de la Misión Rural y lo que se negoció en el punto número uno de La Habana sobre desarrollo rural integral, no hay mucha diferencia”. Ninguna diríamos nosotros. El estimado del costo anual de las solas transformaciones en el campo previstas por la Misión se acerca a un punto del PIB, más de 8 billones por año. Esta semana Santos le dio vida a una nueva institucionalidad que asegura los entes y asignación de funciones necesarias para llevar a cabo lo pactado en ese primer punto de La Habana, incluido el famoso Fondo de Tierras para la reforma agraria.

 

Las Farc, que siempre van adelante, han tasado la inversión oficial total anual requerida para satisfacer las gabelas otorgadas en La Habana (no solo las del tema rural), en alrededor de un 4% del PIB, más de 30 billones de pesos anuales. Santos también, cumpliendo los compromisos pactados, ha incluido en el acto legislativo que crea el “congresito”, una insólita medida: crear, como lo piden las Farc, un presupuesto “plurianual” paralelo, de obligatoria ejecución, que canalizará los recursos externos e internos que financiarán la inversión para el posconflicto. Las Farc, ya se sabe, no pondrán un peso, pero han pedido –o exigido- participación decisiva en el manejo de ese presupuesto paralelo, cosa que no dudará en otorgarles Santos cuando expida las normas que “implementen” los acuerdos, directamente o a través del “congresito”. Serán entonces las Farc, lo dije en pasado escrito, los nuevos y reales dueños de la chequera.

 

Entonces, en medio de la crisis económica que vivimos y que en lugar de atenuarse se agudiza, ¿no es una solemne estafa hablar de que la “paz” que se pacte en La Habana será la salvación anhelada? ¿De dónde sacará 30 billones adicionales el gobierno, si las arcas tienen hoy un faltante de 20 billones? ¿Y cómo lograr un crecimiento del PIB del 5,9%, con una reforma tributaria que rape al consumo y las rentas de trabajo la suma exorbitante de 50 billones, con un déficit comercial del tamaño que reseñamos, con un dólar acercándose a 4 mil pesos, con una inflación por encima del 6% y una tasa de desempleo de 10% o más?

 

Ya en el Congreso Cafetero, realizado hace menos de una semana, Santos se sinceró de una manera inusual y dio unas puntadas sobre lo que vendrá en el futuro inmediato. El gremio cafetero, el más antiguo y representativo del sector rural, no podrá contar en adelante con la benevolencia oficial. No hay plata para más subsidios, les advirtió. “Lo que queremos, repito, ustedes y nosotros, es una caficultura próspera y auto-sostenible, con una rentabilidad asegurada que no requiera de subsidios.” Así lo recomienda otra comisión más, que para el efecto nombró su gobierno. Hacia adelante, por el contrario, son los cafeteros los que tienen que aportar en el postconflicto. Las Farc (perdón, la “paz”) lo necesitan. “De manera que lo que quiero es pedirles a ustedes apoyo en eso. Apoyo en el posconflicto, apoyo en la paz.”

 

Así pasará con los demás gremios del sector agropecuario y con los industriales y con los comerciantes y con los banqueros y con los asalariados… Para nadie tiene el gobierno un centavo qué ofrecer, pero todos supuestamente deberán exprimirse los bolsillos para aportar al sagrado propósito de la “paz”. Creer que de ese desfalco colectivo para llenar las faltriqueras de los terroristas aconductados, en medio de una estanflación rampante y un fisco insolvente, resultará un torrente de progreso y crecimiento económico, es un nuevo y descarado embuste presidencial. Que tarde que temprano, como las fábulas y amenazas de Maduro, caerán por su propio peso, y la opinión pública calará el engaño. No sabemos cuánto tiempo pasará antes de que tamañas falacias se desinflen -dependerá también de nuestro empeño en enfrentarlas-, pero de lo que sí estamos seguros es que no prevalecerán.