¿Uribe es la clave para la paz con el ELN?

Para sorpresa de muchos, el expresidente se puso la camiseta de la paz con ese grupo guerrillero. Las posibilidades no son muchas, pero el hecho de que él esté apoyando esa causa ayuda.

Si los grupos violentos tuvieran un poco de generosidad y pararan, el final de esta crisis podría ser el principio de una verdadera paz”. Ese trino, escrito hace unos días por el expresidente Álvaro Uribe, se convirtió en la antesala de una serie de sucesos que han dejado la impresión de que la puerta de la paz con la guerrilla del ELN aún no está cerrada.

Lo dicho por el senador hubiese podido pasar desapercibido en medio de la ola de noticias que deja la pandemia del coronavirus, pero en realidad no se trató de un mero ejercicio de retórica política. Detrás de esas palabras hay un esfuerzo decidido del Gobierno por revivir un proceso de diálogo que ya se daba por muerto. Curiosamente, ha sido Uribe, a quienes muchos califican de ‘enemigo de la paz’ por su fuerte oposición al proceso con las Farc, quien asumió el liderazgo en este nuevo esfuerzo.

Al poco tiempo de esa publicación en su cuenta de Twitter, el expresiente volvió a sorprender. Le pidió abiertamente al Gobierno que suspendiera las órdenes de captura de los exguerrilleros Francisco Galán y Felipe Torres para que estos fueran designados como gestores de paz. Acto seguido, el ELN decretó un cese al fuego unilateral de un mes, que, después de una cadena de decisiones erráticas y de actos de barbarie inexplicables, fue entendida como un primer gesto de buena voluntad que puede convertirse en la primera piedra sobre la cual se edifique lo que esté por venir.

El hecho de que Uribe esté tratando de facilitar una vía de diálogo con la guerrilla del ELN no es un asunto coyuntural ni puede entenderse como un hecho aislado. No es la primera vez que el expresidente se embarca en esa aventura. Desde que llegó al poder, en 2002, el entonces presidente puso a su comisionado de paz, Luis Carlos Restrepo, a que buscara un canal de conversación con la guerrilla. Esos esfuerzos tardaron años en dar frutos y fue justamente la liberación de Francisco Galán lo que logró destrabar la cosa. Ese líder guerrillero, el mismo que acaba de recobrar la libertad hace unos días por orden del Gobierno Duque, usó el periodo de seis meses que le otorgó el Gobierno Uribe y logró la instalación formal de una fase exploratoria de diálogo en La Habana entre el Palacio de Nariño y el ELN.

Entonces, hubo desacuerdos sobre la concentración de los guerrilleros en las condiciones que proponían los delegados de Uribe, y, cuando vinieron los problemas, el Gobierno venezolano trató de mediar entre las partes. Sin embargo, con el deterioro de la relación entre Álvaro Uribe y el presidente Hugo Chávez, la mesa se fue enfriando y los esfuerzos con el ELN no quedaron en nada.

Con esa frustración, el conflicto retomó su curso habitual y hubo que esperar varios años para que la posibilidad de un acuerdo con ese grupo guerrillero resurgiera. Durante el mandato de Juan Manuel Santos, el Gobierno volvió a hacer un esfuerzo y, en paralelo con la mesa de diálogo que funcionaba en La Habana con las Farc, se instaló una nueva negociación con el ELN en Quito. En contraste con los avances que se veían en Cuba, en Ecuador era muy poco lo que había por mostrar y la posible paz todavía estaba muy lejana. De pronto, ocurrió el asesinato de tres periodistas ecuatorianos en la frontera a manos de alias Guacho, lo cual llevó a Lenín Moreno, presidente de ese país, a no seguir prestando su territorio para los diálogos de paz.

Así las cosas, la mesa con el ELN ya no solo no tenía avances que mostrar, sino que se había quedado sin un lugar para adelantar la negociación. En un gesto de buena voluntad, los cubanos aceptaron recibir en su país a las delegaciones de la guerrilla y del Gobierno, y los diálogos se instalaron en La Habana para seguir su avance a paso de tortuga. Así terminó la era Santos.

Cuando Iván Duque ganó las elecciones y asumió como presidente de Colombia, el recién posesionado mandatario anunció que mantendría abierta la mesa instalada por su antecesor y que daría un periodo de prueba para determinar si seguía o no negociando con la guerrilla. Fue ahí cuando vino el atentado a la Escuela de Policía General Santander que cobró la vida de 22 jóvenes y enfureció al país. Duque, apoyado por gran parte de la opinión pública, se paró de la mesa y puso el punto final a otro capítulo infructuoso para alcanzar la paz con el ELN.

Ahora que ya nadie le apostaba a que esa ventana se volviera a abrir, las gestiones del Gobierno y los gestos que ha mostrado la guerrilla indican lo contrario. Francisco Galán ya había sido efectivo en el pasado para lograr que se instalara una fase exploratoria. Su liberación la semana pasada no es más que un indicio de que ahora empezará a recorrer el mismo camino. No está claro cuál será la efectividad de ese mediador, teniendo en cuenta que él mismo ha señalado que no han tenido contacto con la cúpula del ELN desde hace más de diez años.

Dicho esto, es claro que no es fácil afirmar que por los gestos de buena voluntad de los unos y de los otros se esté cerca de la instalación de una mesa formal. Por lo pronto, se trata de un camino que se abre, pero que, de seguro, estará lleno de espinas. Son más los interrogantes que las certezas, y una paz con una guerrilla radical y con una jerarquía tan poco clara como la del ELN será muy difícil de concretar.

También surge el tema de los países que podrían servir de mediadores o de garantes en este proceso. Los que primero llegan a la imaginación son los de Venezuela y Cuba. No obstante, Colombia rompió relaciones con el primero y se convirtió en la punta de lanza en la región para derrocar a Maduro. En cuanto a Cuba, hay que recordar que la isla terminó metida en un problema internacional por haberle hecho el favor a Colombia de recibir en su territorio la mesa de diálogos. Aún no se ha solucionado el rollo que los cubanos han tenido que sortear por cumplir con los famosos protocolos de rompimiento y por negarse a extraditar a Colombia a la delegación negociadora del ELN, que quedó estacada en la isla.

El problema de la estructura de mando de esta guerrilla tampoco es un asunto menor. Es bien sabido que, a diferencia de las Farc, maneja una dirección atomizada, en la que no necesariamente se acatan las órdenes y los lineamientos de los superiores. Con el auge de los cultivos de coca y la estructura militar del ELN fortalecida en las selvas de Colombia, no es claro qué tanta incidencia tengan sobre las tropas los mandos que se quedaron en La Habana. Aun así, al tratarse de una posibilidad de paz que se abre, por más remota que sea, el país debe mirarla con un escepticismo optimista.